PARA LA IMAGINACIÓN ( y IV): EL AVE SOLAR
“Ahora creeré que hay unicornios; que en Arabia hay un árbol, el trono del fénix, un fénix en esta hora reinando allí” (W. Shakespeare, La tempestad ) El Fénix en un manuscrito Biblioteca de la Universidad de Aberdeen, Univ. Lib. MS 24 (Bestiario de Aberdeen), folio 55v De todas las aves fantásticas, el Fénix —merece la mayúscula porque es un nombre propio, sólo había un ave Fénix—es la única ajena al temor y a las sombras: no era un ave tétrica ni siniestra, sino luminosa; no presagiaba muerte, sino vida. Inextinguible, antítesis del pobre dodo, se fabulaba que vivía en la India o Arabia. Tenía una cresta como la de un pavo real, el pecho rojo y el cuerpo azul. Al cumplir quinientos años volaba al monte Líbano y llenaba sus alas de especias aromáticas. Desde allí viajaba a Heliópolis, en Egipto, donde moría quemada en el altar. El sacerdote acudía a retirar las cenizas, y descubría una especie de gusano de olor muy dulce que en tres días se convertía...