PÁJAROS NEGROS (1ª parte)
Los cuervos, los
pájaros del este, se reúnen a centenares en los árboles
Joseph Roth,
12-XII-1926, Viaje a Rusia
Hay pocos viajes tan grises como el que Joseph Roth hizo por Rusia en 1926. Que calificara a los cuervos como “los pájaros del este” dice mucho, no sabemos si más de ellos o del este de Europa, un territorio de historia aciaga (“tierras de sangre”, las llamó el historiador Timothy Snyder) al que estos pájaros parecían convenir más que cualquier otro, con su historia de pogromos, de hambrunas (el Holodomor), del Holocausto, de deportaciones...
“Oh, esos cuervos
se abalanzaron” y “Oh, el año treinta y tres”, dos obras de Ivan Novrobanets
sobre el Holodomor, la gran hambruna ucraniana de 1932-1933, ("Holodomor:
Through The Eyes of Ukrainian Artists, Morgan Williams, Founder and Trustee”)
La imagen del cuervo es terrible
y su propia presencia es la del espanto. Así, la imagen que ha prevalecido es
la de emisario de la muerte, un pájaro infausto. Shakespeare recurre a él con
frecuencia: inmediatamente después de que Lady Macbeth lea la carta
de su esposo sobre las profecías de las brujas, llega un mensajero con la
noticia de que el rey Duncan vendrá a pasar la noche en el castillo. Cuando el
mensajero se ha ido, lo primero que dice Lady Macbeth es:
"El cuervo mismo está ronco
Que croa la
entrada fatal de Duncan
Bajo mis almenas".
Tras organizar
el asesinato de Banquo, Macbeth se jacta ante su esposa de que se llevará a
cabo un acto terrible que resolverá sus problemas; debe realizarse al
anochecer, y Macbeth ya ve acercarse el momento:
"(Habla a Lady
Macbeth). Vale más que lo ignores hasta que esté cumplido y puedas regocijarte
en ello. Ven, ciega noche, venda tú los ojos al clemente día. Rompa tu mano
invisible y ensangrentada la atroz escritura que causa mis terrores... Va
creciendo la oscuridad: retorna el cuervo a la espesura del bosque: las aves
nocturnas descienden anhelosas de presa... ¡Te horrorizan mis palabras! ¿Y por
qué? Sólo el crimen puede consumar lo que ha empezado el crimen. Ven conmigo."
Como en el caso de la lechuza,
parece que se creía que las plumas de los cuervos eran empleadas por las brujas
en sus conjuros porque las alas de esta ave llevaban consigo el mal allí donde
aparecían. De ahí la maldición que Shakespeare pone en boca de Calibán (La
tempestad):
"Un rocío tan perverso como el que alguna vez mi madre cepilló con la pluma de cuervo del malsano pantano, ¡que caiga sobre ambos!"
Casio (Julio César), en la víspera de la batalla, augura la derrota
porque
“...vuelan sobre nuestras
cabezas cuervos, milanos y buitres que miran hacia nosotros abajo, como si
fuéramos una presa moribunda; sus sombras parecen un dosel fatal, bajo el cual
nuestro ejército yace, próximo a perecer.”
La tradición literaria inglesa está llena de referencias a los cuervos. Hay dos baladas tradicionales que destacan especialmente: The three ravens (Los tres cuervos), anónima, recopilada por Thomas Ravenscroft en su cancionero de 1611, habla de tres cuervos que, preguntándose qué comerán y a la vista de un caballero muerto, tan apetecible, no pueden acercársele porque lo guardan fielmente sus perros, luego sus halcones y finalmente su amada, que le da sepultura.
En una novela tan opresiva como Nada,
de Carmen Laforet, el desasosiego de la protagonista ante la presencia
asfixiante de su familia se manifiesta en varias ocasiones a través de los
cuervos:
“Angustias abrió los brazos
como si se fuera a caer o a tantear el aire para encontrarme. Yo cerré los
ojos, pero ella volvió a tropezar y a gemir. —Dios te perdone el disgusto que
me das... Pareces un cuervo sobre mis ojos... Un cuervo que me quisiera heredar
en vida.”
“Como una
bandada de cuervos posados en las ramas del árbol del ahorcado, así las amigas
de Angustias estaban sentadas, vestidas de negro, en su cuarto aquellos días.
Angustias era el único ser que se conservaba asido desesperadamente a la
sociedad, en la casa nuestra.”
“Alguien pisa el
pie de la charlatana, que se calla asustada. Pasan unos segundos angustiosos y
luego todas rompen a hablar a la vez. (La verdad es que eran como pájaros
envejecidos y oscuros, con las pechugas palpitantes de haber volado mucho en un
trozo de cielo muy pequeño.).”
Dos ilustraciones
de sendas ediciones de El Cuervo, de Edgar Allan Poe: a la izquierda, la de John Tenniel,1858; a la derecha, la de Gustav Doré, de 1884
Esta repetición
de mensajes desesperantes es la base del célebre poema de Edgar Allan Poe, El
Cuervo (1845), todo un hito en la literatura norteamericana. El poema describe
la entrada de un cuervo por la ventana del hombre que se lamenta inconsolable
por la muerte de su amada. Trata de comunicarse con él, pero el pájaro sólo
repite “Nevermore” (“Nunca más”).
El cuervo dijo
"Nunca más".
Y el Cuervo,
nunca revoloteando, todavía está sentado, todavía está sentado
En el pálido
busto de Pallas, justo encima de la puerta de mi habitación;
Y sus ojos
tienen todo el aspecto de un demonio que está soñando,
Y la luz de la
lámpara lo apaga, arroja su sombra al suelo;
Y mi alma de esa
sombra que yace flotando en el suelo.
Se levantará,
¡nunca más!
Este poema (puede escucharse aquí, en inglés, en la voz lúgubre del actor Cristopher Lee) tendrá una enorme influencia en toda la literatura posterior, especialmente tras la traducción de Baudelaire al francés, en 1853.
La negrura del cuervo tuvo un aspecto social de memoria más negra, si cabe: las llamadas "leyes de Jim Crow", que impusieron la segregación racial en el sur de Estados Unidos después de la desaparición de la esclavitud y que en algunos lugares estuvieron vigentes hasta 1965. Esa denominación proviene de un espectáculo muy popular, al menos desde 1828, en el que un actor blanco, Tomas Rice, se embetunaba la cara e interpretaba una parodia de un personaje negro llamado "Jim Crow". Ese nombre pasó a ser un sinónimo peyorativo de "negro" y dio nombre a las citadas leyes desde 1870.
Los pájaros negros son los favoritos en los cuadros de Pieter Bruegel,
especialmente en los temas invernales. Los pájaros de invierno, una época en
que todo parece morir y la oscuridad le puede a la luz, son, por antonomasia,
los córvidos. Parece que Bruegel hizo varias tablas sobre los meses de año; no
sabemos si hizo doce, como era lo normal o, como sugieren algunos
historiadores, hizo seis, una cada dos meses. En todo caso, se conservan
cinco. Esos paisajes invernales se convirtieron, con el tiempo, en el paradigma
del paisajismo flamenco.
Cazadores en la
nieve, Peter Bruegel, 1565, Kunsthistorisches Museum, Viena. (Se puede ver en
detalle aquí)
El tema de los cazadores, en los
calendarios flamencos, solía usarse para ilustrar los meses de diciembre o
enero; los preparativos para la matanza del cerdo a la puerta de la posada
sugieren noviembre o diciembre; pero la composición, abriéndose de izquierda a
derecha, parece indicar que sería la primera obra de la serie y, por tanto,
representaría el mes de enero. Todos los seres vivos -árboles, animales y
personas- son oscuros. Los cazadores se alejan hacia el valle y los árboles y
los pájaros parecen trazar su ruta. Su botín es escaso y su fatiga, silenciosa.
Pasan por la posada cuyo cartel, "In den Hert" ("En el
ciervo"), quizás irónicamente, subraya el tema de la caza y el fracaso
de su jornada. La negrura de los pájaros se subraya por la ausencia de sombras
y la elección de los colores: el blanco de la nieve, el verde del cielo y del
hielo que lo refleja, el gris de las montañas del fondo.
Paisaje invernal
con patinadores y trampa para pájaros, Pieter Bruegel, 1565, Museos Reales de
Bellas Artes de Bélgica, Bruselas. (aquí,
en detalle)
Detalles de los
pájaros en el paisaje invernal: la trampa, y cuervos sobre los árboles
Bruegel ha sido malinterpretado
como un pintor “popular”, sólo centrado en temas morales. Así, en esta obra, la
trampa de los pájaros sería un aviso sobre la imprudencia de los hombres,
enfatizada por los peligros de patinar sobre el frágil hielo. Lo verdaderamente
sorprendente es su capacidad de trasladar tantos elementos a una obra de apenas
medio metro de anchura y su asimilación del medio natural, aunque la
combinación del paisaje sea fantasiosa (Karel van Mander, en su Schilder-boeck, “El libro de la pintura”, decía que Bruegel, cuando pasó por los Alpes, se tragó
todas las montañas y peñascos y luego los escupió en sus tablas). Frente al
bullicio de los pájaros más pequeños en torno a la trampa, los cuervos dominan
estoicamente la escena, con un tamaño relativo similar a los humanos, sin
dejarse atraer por el engaño.
El mito del cuervo como anunciador de la muerte tomó relevancia artística en el caso de la obra de Vincent van Gogh, "Trigal con cuervos". La muerte del pintor, pocos días después de terminar ese paisaje, convirtió esta obra en otro mito, el de ser el último cuadro del holandés. Lo tiene todo para ser visto como un epitafio: una exaltación cromática que parece expresar un dolor indecible, las aves que predicen un destino fatal y el suicidio, que imaginamos que tuvo lugar en un paisaje parecido. Pero, aunque nos parece merecerlo, no es lo último que pintó van Gogh, sino el fruto de otro mito alimentado por los cuervos.
"A escasos centímetros de la parte
alta y como viniendo de la parte baja de la tela, Van Gogh soltó los cuervos
como si soltara los microbios negros de su bazo de suicida, siguiendo la grieta
negra del trazo donde el aletear de su suntuoso plumaje hace pesar la amenaza
de una sofocación desde lo alto sobre los preparativos de la tormenta
terrestre."
(Antonin Artaud, "Van Gogh, el suicidado por la sociedad", 1947)
Si la paloma había sido el ave de
la pureza del alma y la limpieza de corazón, su antítesis fue el cuervo. No
debe de ser casualidad que sean las primeras aves contrapuestas en la Biblia:
en el Génesis, el cuervo es el
primero que se encarga de verificar si la tierra comienza, tras el diluvio, a
reaparecer por encima de las aguas:
"Al cabo de cuarenta días, abrió Noé la
ventana que había hecho en el arca, y soltó al cuervo, el cual estuvo saliendo
y retornando hasta que se secaron las aguas sobre la tierra."
No está muy claro – al menos para nosotros- el
significado del episodio y por qué suelta a continuación una paloma. Quizá el
cuervo era más perspicaz o al menos esa virtud se le atribuye. Pero siempre se
ha interpretado como se ve en la imagen: el cuervo se dedica a alimentarse de
los cadáveres que ha dejado el diluvio mientras la paloma trae el mensaje de
que la expiación de la humanidad ha concluido.
En los textos cristianos se percibe al cuervo de diversas maneras: es un predicador, un pecador, incluso el diablo mismo. San Isidoro, en sus Etimologías, dice que el cuervo busca primero el ojo en los cadáveres:
En relación con lo anterior, Cicerón cita el proverbio "cornicum oculos confingere" ("sacar los ojos a los cuervos"), con el significado de “engañar al más precavido".
Hugo de Foulloy, en De Avibus, nos da otro punto de vista:
"Pero también el cuervo se explica en el buen sentido, de modo que por cuervo se entiende cualquier predicador erudito. Así, por el bien del bendito Job Dios dijo: ¿Quién provee de alimento al cuervo cuando sus crías claman a Dios, vagando, porque no tienen carne? (Job 38:41). Así, el bendito Gregorio dijo: 'El cuervo es todo predicador erudito que proclama en voz alta mientras lleva la memoria de sus pecados como si fueran una especie de negrura de color'.”
Los maestros de la espiritualidad cristiana, como San Agustín, interpretaron su grito con el onomatopéyico "¡Cras, cras!' (cras, en latín, significa "mañana"). Por ese graznido se le considera representante del pecador descuidado que pospone su conversión siempre al día siguiente (¡el primer procrastinador!). Esa onomatopeya es descifrada de otra forma por Tibulo (54 a. C.-19 a.C.), que cree que es el mensaje de que la esperanza: el mañana será mejor. Hugo de San Víctor lo identifica con el impío, que se cubre con las negras plumas del pecado.
Giovanni Boccaccio, mezclando la astucia del ave con sus malas intenciones, tituló a una de sus obras Corbaccio (El Cuervo), cuyo título hace referencia al pájaro como símbolo del amor que vuelve loco al hombre, a punto de caer en las garras de las artimañas de una viuda.
En línea con el Corbaccio, el monje Matheolus (Mathieu de Boulogne, s. XII), escribió el Liber lamentationum Matheoluli (Las lamentaciones de Matheolus, c.1295), un tratado contra el matrimonio: la mujer no puede estarse callada, según él, y usa la imagen de la corneja: “cornix mutatur quia garrula” (“la corneja es mudable porque es charlatana”), en clara alusión a la traición de Coronis a Apolo (vid. Infra).
Otros maestros han hecho de él la imagen del pagano, del infiel o del renegado porque se alimenta de algo tan impuro como los cadáveres. En cambio, el simbolismo benedictino, apoyado en la Leyenda Dorada, ha hecho del cuervo el emblema de San Benito y de sus monjes, ya que la paloma representa a su hermana, Santa Escolástica, y a las monjas benedictinas. A san Antonio Abad y a san Pablo el Ermitaño (o san Pablo de Tebas), un cuervo les llevaba cada día una ración de pan cuando estuvieron juntos en el desierto: también el cuervo era considerado un pájaro solitario y, por tanto, asociado a los eremitas. En una de las muchas etimologías fantasiosas, esa historia de santos coincide con la explicación que da Juan Antonio de Estrada, en su Población General de España (1747), para justificar el topónimo de Pancorbo (antes Pancorvo, en Burgos): los moros, habiendo entrado en el pueblo, encerraron a varios pobladores en una casa y la tapiaron, dejándolos sin alimento, pero los cuervos, como a los santos ermitaños, les traían pan en el pico.
Entonces la palabra del Señor vino a Elías y le dio este mensaje: “Sal de aquí hacia el oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, al este del Jordán. Beberás agua del arroyo, y yo les ordenaré a los cuervos que te den de comer allí”. Así que Elías se fue al arroyo de Querit, al este del Jordán, y allí permaneció, conforme a la palabra del Señor. Por la mañana y por la tarde los cuervos le llevaban pan y carne, y bebía agua del arroyo. (Reyes,7)
Claudio Eliano (c. 175- c. 235), en su De Natura Animalium, aseguraba que los cuervos se ofrecían como comida a sus propias crías cuando estas crecían. Por consiguiente, Nicolas Caussin (1583- 1651), teólogo jesuita francés, aprovechó esa afirmación para ver en ella una imagen de la Eucaristía.
Un cuervo fue también el que
protegió el cuerpo de san Vicente de Huesca, tras ser martirizado y arrojado a
un basurero donde los lobos querían devorarlo. Y el peso de la cultura clásica
se aprecia en la historia de san Meinrad (797-861), ermitaño que fue robado y
asesinado por unos ladrones, tras de lo cual dos cuervos que vivían con el santo y a los que había
domesticado siguieron a los asesinos, que así fueron encontrados y
ajusticiados. Por eso, los escudos de armas del monasterio suizo de Einsiedeln, donde
murió, y del pueblo, tienen dos cuervos. La historia procede,
claramente, de la leyenda de las Grullas de Íbico.
Imagen de la
biblioteca de la abadía de Einsiedeln, con el escudo de los dos cuervos, A la
derecha, escudo de la ciudad homónima, en el cantón de Schwyz
Su carácter familiar y
sacrificado volvemos a encontrarlo en una historia infantil, Caw! Caw! or
The Chronicle of Crows (¡Graznad, graznad! o la crónica de los cuervos), un
cuento inglés en verso ilustrado y publicado hacia 1848. No sabemos nada del autor,
que sólo aparece con las iniciales RM; en cuanto al ilustrador, sus iniciales,
JB, nos remiten, casi seguro, a Jemima Blackburn, una gran dibujante de aves.
Este relato nos habla de una familia de cuervos que son diezmados por el
granjero, harto de sus saqueos. Los pájaros aparecen como padres entregados y
sufrientes cuando se duelen de su familia tan terriblemente ajusticiada por los
humanos. Es una historia cruel que difícilmente pasaría hoy día por el filtro
de la literatura infantil.
Algunas
ilustraciones de Caw! Caw! or The Chronicle of Crows: el frontispicio, el
anidamiento, la matanza y el duelo de los cuervos. Puede verse todo el cuento aquí
y descargarse libremente en el Proyecto Gutenberg.
Toda la familia de los córvidos, no sólo los cuervos y las cornejas, sino también los grajos y las grajillas, deben ser clasificados entre los animales más inteligentes, y probablemente por eso los antiguos los relacionaban con los ritos de adivinación y con el conocimiento. Odín, en la mitología nórdica, tenía dedicados dos cuervos, uno llamado Huginn, que significa "Pensamiento", y el otro Muninn, "Memoria"; lo acompañaban y le daban a conocer todo lo que había en el mundo. Los animales que acompañan a Odín, cuervos y lobos, parecen trabajar como un solo organismo en el que los cuervos eran los ojos, la mente y la memoria, y los lobos los proveedores de carne y alimento.
Huginn y Muninn,
sentados sobre los hombros de Odín, manuscrito islandés del siglo XVIII
Las tradiciones orales de los pueblos indígenas norteamericanos han dado gran importancia al papel de los córvidos. Los cuervos, las cornejas, los arrendajos y las urracas se identifican por su papel especial como cooperadores, agentes de cambio, embaucadores y maestros. Eran plenamente conscientes de la naturaleza especial de este grupo de aves, y les concedieron el estatus de héroes culturales y creadores, un honor que sólo compartieron con los lobos y los osos, los grandes carnívoros con los que convivían estos pueblos. Los cuervos serían una especie de pájaros-lobo, por su importante papel en la caza. Una historia relativa a los cuervos proviene de los apaches, y enfatiza la necesidad de cooperación en tiempos difíciles: el pueblo, hambriento, fue guiado por los cuervos hasta una manada de bisontes. Estos pueblos consideraban a estos pájaros como compañeros, incluso como parientes que compartían el espacio donde vivían todos juntos. Los cuervos fueron incluso más importantes para los pueblos del Ártico y del noroeste de la costa del Pacífico, como entre los koyuk de Alaska, donde guiaban a los humanos hacia el caribú y otras presas.
(Continuará)
No conocía esa faceta del lado bueno de los córvidos: como acompañantes de los eremitas o como seres capaces de llevar a cabo el gran sacrificio de dar su vida como alimento de sus crías. Creo que son mucho más conocidos como portadores de malos presagios. Alimentarse de cadáveres no contribuye a darles buena imagen sino todo lo contrario, ocurre lo mismo con los buitres. Si que creo, sin embargo que deben tener una inteligencia excepcional. Seguro que un estudio en profundidad de su comportamiento o de sus capacidades nos resultaría bastante sorprendente.
ResponderEliminarBellísima balada y escenas invernales flamencas y soberbio cuadro de van Gogh, con su característica luz de trigales y el anuncio a modo de presagio de los cuervos revoloteando en la tormenta.
ResponderEliminarLos cuervos son popularmente bien conocidos como anunciadores de mal agüero pero no tanto como su lado amable de auxilio de ermitaños que nos muestra Alfonso.
Es conocida también la presencia de cuervos de la Torre de Londres que son bien alimentados y cuidados desde el siglo XVIII, porque dice la leyenda que si desaparecen caerá la Torre y con ella el Imperio....yo creo q haciendo un poco de broma Hurry podría lograrlo antes..je..je. God save the King!