LLAMEANTE

 

Fotografía de Maxime Légaré-Vézina, Flamenco común (Phoenicopterus roseus) en la Camarga-Parc ornithologique du Pont de Gau, Francia

Una planta algo extravagante, pero garbosa, un pico que parece un apéndice de carnaval y un color acariciador para la vista, dieron al flamenco un atractivo irresistible en la Antigüedad. Phoenicópteros era su nombre griego, que deriva de combinar las palabras φοῖνιξ (phoinix, «de color escarlata»), y πτερός (pteros, «alas»). Aristófanes, en Las aves, emplea ese adjetivo sustantivado para designar a un ave lacustre de plumaje purpúreo: φοινικόπτερος, que tradicionalmente se ha identificado con el flamenco rosado o flamenco común. El latín incorporó la palabra: phoenicopterus.

Sufrió cierta confusión con el ave Fénix, por su extraña forma, por el color, que parecía ígneo, propio de un ave solar y, porque era una especie identificada con Egipto donde, a su vez, se situaban el culto al sol y el origen del Fénix. El flamenco era, en muchos textos, el «ave nilótica», residente habitual en el delta del Nilo. En Egipto se representó con cierta frecuencia; aunque parece confundirse con el ibis, un ave sagrada, las patas más largas y, sobre todo, el extraño pico, más corto y curvo, son muy ditintivos.

Jarrón decorado con flamencos, Período Predinástico, Naqada II, 3700-3300 a.C., Museo Egizio di Torino

Otro jarrón de la misma época, también con flamencos


  

Izquierda, Vasija pintada con flamencos y cabras, también de Naqada II, Museo Roemer-Pelizaeus, Hildesheim. A la derecha, relieve pintado del templo de Tuthmosis III (dinastía XVIII) en Deir el Bahari

Relieve en la mastaba de Rahotep (dinastía IV) en Meidum, que conserva restos de pigmento blanco en el cuerpo

Como eran frecuentes en los humedales mediterráneos, en las costas de Tracia y en algunas islas, los griegos los conocían bien. Eliano, no obstante, no cree a Eudoxo de Cnido cuando éste afirmó que eran «aves más grandes que el ganado», refiriéndose a las de las marismas al oeste del estrecho de Gibraltar. Desde luego, son aves grandes, que pueden llegar a 1,50 metros de altura, pero los viajeros bien pudieron exagerar su tamaño, especialmente si sólo las vieron de lejos.

Los romanos la contemplaron como un lujo de ricos. La carne, la lengua y los sesos del flamenco fueron muy apreciados durante el Imperio y su condición de plato exquisito puede atestiguarse: se conservan dos recetas de Apicio, el gastrónomo romano, y de ello se hace eco Plinio el Viejo, en su Historia Natural, donde afirma:

«Apicio, el mayor gourmand de todos los hombres pródigos, enseñó que la lengua del flamenco es de un sabor superior

Flamenco atado y desplumado, listo para ser cocinado, en un mosaico de fines del siglo II en una casa de Thysdrus, cerca de la actual El-Djem, Túnez

Incluso en épocas más recientes la lengua del flamenco siguió siendo apreciada. En sus diarios de viaje, William Dampier, pirata, explorador y observador científico inglés (1652-1715), contaba sobre su exquisitez:

«Sus lenguas son anchas, con un gran nudo de grasa en la raíz, que es un excelente bocado: un plato de lenguas de flamenco es adecuado para la mesa de un príncipe.» (W. Dampier, Un nuevo viaje alrededor del mundo, 1697)

Puede apreciarse la lengua con la protuberancia en la base a la que se refería Dampier

El zoólogo italiano Francesco Cetti (a quien debemos el nombre binomial del ruiseñor bastardo, Cettia cetti) dijo que había probado ese plato, pero no compartió el aprecio de los romanos.

Ilustración de un flamenco (Fenicottero) de la obra de Francesco Cetti, Los pájaros de Cerdeña, 1776

Marcial, en su epístola a Baso, a la manera horaciana de la nostalgia por la vida rústica, contrapone la villa que su amigo Faustino poseía en Bayas (Baiae), en la Campania, con la improductiva y lujosa villa de Baso, artificial y refinada. Marcial enumera las aves que hay en la propiedad de Faustino:

«Vagatur omnis turba sordidae chortis,

argutus anser gemmeique pauones

nomenque debet quae rubentibus pinnis»

(«Vaga toda la turba del sucio corral,
la oca de gritos agudos y los pavos reales adornados con gemas
y el ave que debe su nombre a sus rojizas plumas»)

Esa ave de rojizas plumas es, sin duda, el flamenco. Aunque no era un ave de corral, como su carne era muy apreciada, tiene sentido que se criara en una granja. 

Flamenco en un mosaico de las Aves del siglo VI d.C., Cesarea, Israel

Hay otro epigrama de Marcial, que él mismo llamó Xenia. Los xenia eran representaciones de ofrendas de alimentos en los mosaicos, simbolizando la hospitalidad (xenía, en griego, es «hospitalidad» hacia el extranjero, xenos) y, por extensión, se llamaron así unos cortos epigramas, de dos versos, que acompañaban a los regalos de hospitalidad, sobre todo en las fiestas Saturnales. El epigrama se titula «Phoenicopteri», tiene aire de adivinanza y dice:

«Dat mihi pinna rubens nomen, sed lingua gulosis

nostra sapit. ¿Quid si garrula lingua foret?»

Me da nombre la pluma rojiza, pero a los golosos gusta mi lengua.

¿Qué pasaría si fuese mi lengua parlanchina?»?)

Mosaico con un flamenco, Sinagoga de Gaza, 508-509 d. C.

Eran también adorno en los jardines de los ricos y, según Suetonio, Calígula los sacrificaba a su «divino yo»:

«También erigió un templo especial para su propia divinidad, con sacerdotes y víctimas de la más selecta clase. En este templo había una estatua de tamaño natural del emperador en oro, que cada día se vestía con ropas como las que él mismo vestía. Los ciudadanos más ricos utilizaron toda su influencia para asegurar los sacerdocios de su culto y pujaron alto por el honor. Las víctimas eran flamencos, pavos reales, urogallos negros, gallinas de guinea y faisanes, ofrecidos cada día cada uno según su propia especie

También cuenta Suetonio que se hizo rociar con la sangre de uno en la víspera de su asesinato:

«El día antes de que lo mataran, soñó que estaba en el cielo junto al trono de Júpiter y que el dios lo golpeaba con el dedo del pie derecho y lo arrojaba a la tierra. También se consideraron presagios algunos acontecimientos que habían sucedido ese mismo día poco antes de que lo mataran. Mientras ofrecía el sacrificio, lo rociaron con la sangre de un flamenco

Basílica de Qasr, Libia, mosaico de flamencos, peces y lotos, c. 540 d. C.

En castellano, su nombre ha hecho correr tinta por la confusión con el gentilicio de Flandes y el cante y bailes andaluces. Dejaremos de lado el asunto folklórico, porque la música en cuestión tiene un nombre más moderno (en el siglo XIX), y vayamos al francés, en el que el ave, al principio, fue «flambant» o «flammant» («llameante»). Se dijo que era «oiseau couleur de feu ou de flamme» («pájaro color de fuego o de llama»). Pierre Belon (Historia animalium, 1555) escribió que «Elle est comme flambante» («Es como llameante»).

Más tarde se lo llamó «flamant ou flamand», que se pronuncian igual, aunque lo primero significa «llameante» y designa al ave, y lo segundo se refiere al natural de Flandes, y así, en algunos textos se le apoda «oiseau de Flandre» («pájaro de Flandes»), aunque en esa tierra nunca se han conocido. Así pues, la homofonía es la culpable de todo el embrollo. Es casi seguro que el origen del nombre del ave sea la palabra latina «flamma» («llama»), y en castellano haya llegado a través del provenzal «flamenc». En Gargantúa y Pantagruel (1534), de François Rabelais, se prepara un banquete que incluye «flammans, qui sont phenicopteres, qui, en Languegoth, est appelé flammant» («Flamencos, que son phaenicópteros, que en Languedoc se llama llameante»), con lo que la identidad entre el Phaenicóptero antiguo y el flamenco queda bien acreditada.

Mosaico con flamencos en la Iglesia del Santo Sepulcro, Jerusalén

En su Histoire naturelle et morale des îles Antilles de l'Amérique avec un vocabulaire caraïbe (1658), el botánico francés Jean-Baptiste Du Tertre, refiriéndose al flamenco del Caribe (Phoenicopterus ruber ruber), señala:

«Todas sus plumas son de color encarnado, y cuando vuela contra el sol parece todo flameante como una antorcha de fuego.»

En efecto, cuando estas aves vuelan en grandes bandadas, el movimiento de sus alas rosas puede recordar al movimiento de las llamas, el flamear del fuego.

Flamenco europeo o rosado, (Phoenicopterus roseus) en vuelo

No obstante, Corominas (Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, 1980-91) se resiste a esa interpretación y atribuye el nombre a que a los habitantes de Flandes se los consideraba de tez colorada y, como consecuencia, a las personas de cara rojiza se las llamaba «flamencas». Pero en la primera aparición de la palabra en castellano, en el Libro del caballero et del escudero (1326), de Don Juan Manuel (1282-1348), la palabra parece una clara derivación del provenzal «flamenc»:

«Ay otras aues que son caçadas et non caçan, asi commo gruas et garças pardas et çisnes et flamenques [et] abutardas et garças rubias et blancas et martinetes et garçetas et dorales et cigunnuelas.

Ay otras que estan sienpre en el agua pero quanto les a[l]cançan los pies, en guisa que non nadan, asi commo los flamenques, pero nunca estan si non en el agua de la mar o en lagunas grandes saladas».

Sólo en castellano, gallego y catalán se usa la misma palabra para el ave y para el nativo de Flandes: todas las demás lenguas usan términos diferentes, aunque a veces se parezcan mucho, como en francés. 

El conocido como «Mosaico del circo», en el que unos niños aurigas compiten sobre bigas llevadas por aves. Arriba a la derecha, una de ellas es tirada por flamencos. Villa romana del Casale, Sicilia, siglos III al IV d. C.

La seducción de un ave tan gallarda no escapó a Reiner Maria Rilke, que llegó a París en 1902 en medio de una crisis depresiva y pudo verlos en el zoo del Jardin des Plantes; entonces escribió su poema «Los flamencos, Jardin des plantes, París». Con mucho conocimiento, asocia acertadamente el color rosado del ave con el arte galante de Fragonard,  cuando el Rococó puso el rosa de moda.

«En reflejos como de Fragonard

no queda de su blanco y de su rosa

más que si alguno te contara, hablando

de su amante: “dormía

 

tan dulcemente”. Pues sobre lo verde

se alzan en tallos rosa, algo torcidos,

floreciendo a la vez, como en macizos,

más seductores que Friné. Después

 

su pálida mirada, retorciendo

el cuello, esconde entre la blancura,

donde hay negro junto a un rojo frutal.

 

De pronto, por la pajarera, chilla

una envidia, y, atónitos, se estiran,

y se adentran uno a uno en lo imaginario.»

J. J. Audubon, Flamenco americano (Phoenicopterus ruber)

C. G. Finch-Davies  (1875–1920), Flamenco enano (Phoenicopterus minor)

En Alicia en el país de las Maravillas, Lewis Carroll los introdujo, más que por la seducción de su elegancia, por la extravagancia de su forma longilínea. Pareciendo un conjunto de huesos a punto de desarticularse, justo lo contrario a la rigidez de un palo de croquet, eran ideales para producir un efecto cómico.

John Tenniel, ilustración para Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, 1865

«Alicia pensó que nunca había visto un campo de croquet tan curioso en su vida; todo era crestas y surcos; las bolas eran erizos vivos, los mazos flamencos vivos y los soldados tenían que doblarse y pararse sobre las manos y los pies para hacer los arcos».

Mark Catesby, Flamenco americano en «Historia natural de Carolina, Florida y las islas Bahamas», 1754, Biblioteca Bodleian, Oxford

¿Qué influjo ha producido el flamenco con su gracia, su delicadeza y su finura? Su estampa elegante y sus tonos apastelados han infundido refinamiento y distinción. Desde Roma, el garbo de esta ave, que nunca estuvo cargada de significados alegóricos, dio un salto para terminar aterrizando en Estados Unidos, donde ha sido un símbolo de lujo y una especie de leitmotiv vacacional. Todo empezó en Florida, donde la presencia del flamenco americano era una imagen distintiva de su paisaje.

Postal de 1926 del Hotel Flamingo de Miami, en Florida

El célebre Hotel Flamingo dio inicio a la estirpe del flamenco como sinónimo de distinción inmobiliaria. Fue construido por Rubush & Hunter (una firma de arquitectos que trabajó extensamente en complejos vacacionales en Florida y en la entonces explosiva ciudad de Hollywood) y se inauguró en la Nochevieja de 1920. Al día siguiente, en la reseña del Miami Herald se podía leer: «Una gran y elegante reunión bailó al aire libre con música encantadora y disfrutó de deliciosos refrigerios servidos por atractivas chicas vestidas con trajes típicos orientales. El jardín de té está situado en el lado oeste del hotel y tiene una amplia vista de la bahía de Biscayne, y tiene una encantadora casa de té japonesa y una bonita pista de baile de terrazo en un hermoso entorno tropical». En 1924, su dueño, C. G. Fisher, el gran impulsor inmobiliario de la ciudad de Miami desde 1910 (hasta entonces fue poco más que un manglar), anunció que construiría un acuario privado en el hotel e importaría seis flamencos de África.


Anuncio de 1924 del Hotel Flamingo, en la prensa local

La misma especulación inmobiliaria que lo vio nacer terminó por llevárselo: fue demolido en 1950 para dejar sitio a un bloque de apartamentos. Pero la saga continuó y la leyenda fue heredada por Las Vegas, otra ciudad en expansión.

Menú del Hotel Flamingo en 1939

El gángster Bugsy Siegel abrió en Las Vegas The Pink Flamingo, en 1946, que a su vez dio origen a todo un linaje de hoteles homónimos. El nombre se adecuaba también a su amante, Virginia Hill, “la reina de la mafia”, a la que llamaba «flamenco» por sus largas piernas. The Pink Flamingo Hotel & Casino era rosa, por supuesto, y con muchas plumas en su fachada, como una barraca de feria, pero de lujo. El pomposo flamenco había volado desde Roma para terminar siendo un kitsch americano.

The Pink Flamingo Hotel & Casino, en Las Vegas

 

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