PARA LA IMAGINACIÓN (III): MUJERES FATALES

 

Ilustración de una Harpía en “Monstrorum Historia” de Ulisse Aldrovandi, Bolonia, 1642

El ejemplo paradigmático de seres alados monstruosos ha sido el de las Harpías, mezcla de pájaros y mujeres, aunque no son los únicos híbridos de aves y humanos entre los clásicos, todos con atributos alarmantes. Su nombre viene del griego Harpé, literalmente "rapaz" o “arrebatadora”. Aunque la Academia prefiere la forma sin H, “Arpía”, usaremos la forma griega, arcaica, de manera que la moderna quede liberada para insultar a placer, si nos es necesario.

Atribuida al pintor Kleophrades, hidra de figuras rojas, c. 480 a.C., Museo J. Paul Getty, Malibú. Tres Harpías aladas arrebatan la comida de la mesa a Fineo, el rey ciego de Tracia. El anciano calvo levanta las manos para protegerse de las criaturas

 

Kylix de figuras negras, c. 550 a.C., Museo Nacional Etrusco, Roma. Los Boréadas, hijos del dios del Viento del Norte, Bóreas, persiguen a las Harpías con las espadas desenvainadas. Los dos gemelos están superpuestos, uno justo detrás del otro. Tienen alas en los talones y las Harpías, en la espalda. Hay una Esfinge debajo de la escena

Según cuenta la Eneida, la madre de Eneas, Venus, ofrece a su hijo dos palomas para que le sirvan de guía por el bosque que debía atravesar para llegar a la entrada del Averno, al que se accedía por un cráter volcánico. Ese agujero sulfuroso recibió su nombre del griego αορνος (“a-ornos”, sin pájaros) porque cualquier ave que volara sobre él moriría por las emanaciones venenosas. Cuando Eneas cruza el umbral, se enfrenta inmediatamente a varios monstruos aterradores, entre ellos algunas Harpías. El héroe desenvaina su espada contra ellas, pero entonces se da cuenta de que no son más que “tenues vidas sin cuerpo que revoloteaban bajo la vacía apariencia de fantasmas”.

En la Teogonía, Hesíodo dice que son dos:

Taumante tomó por esposa a una hija del Océano, de profunda corriente, Electra, que parió a la veloz Iris y a las Harpías, de linda cabellera, Aelo y Ocípete, las cuales, agitando sus ligeras alas, siguen al viento y a las aves, pues se remontan a las alturas.”

Homero (Odisea) no especifica cuántas hay, pero hace hincapié en su asociación con vientos tempestuosos (harpyia es “viento huracanado” o “tempestad”), lo más temido por los navegantes, presentándolas como secuestradoras de mortales:

Sin embargo, las Harpías se lo han llevado sin gloria; se ha marchado sin que nadie lo viera, sin que nadie le oyera, y a mí sólo me ha legado dolores y lágrimas.” (canto I)

Las Harpías arrebataron a las doncellas [se refiere a las hijas de Pándaro] y se las entregaron a las odiosas Erinias para que fueran sus criadas” (canto XX).

John Flaxman, Las Harpías apoderándose de las hijas de Pándaro, 1805

En su Diccionario, Hesiquio de Alejandría, un gramático judío del siglo V, las define como demonios depredadores. Con el tiempo su número se multiplicó y su apariencia se hizo más horrible, devoradas por un hambre insaciable. Virgilio ofrece una descripción más completa. Las describe como mujeres aladas, que se comportan como milanos carroñeros:

“Es de muchacha el rostro de estas aves; su vientre depone la inmundicia más hedionda. Tienen las manos corvas. El hambre empalidece de continuo su faz. Cuando al llegar allí entramos en el puerto, ¡qué sorpresa! Esparcidos por el llano vemos manadas de lustrosos toros y ganado cabrío entre la yerba sin guardián alguno. Nos lanzamos sobre ellos hierro en mano. Invocamos a los dioses y al mismo Júpiter ofreciéndoles parte de la presa. Preparamos los lechos en la corva ribera y comemos el más rico festín. De pronto las Harpías, bajando de los montes en horrenda bandada hacen su aparición. Baten las alas con crujido imponente. Nos van arrebatando los manjares y todo lo mancillan con su contacto inmundo. Nos aturden sus gritos repulsivos y su fétido olor.”

Ánfora ática de figuras negras decorada con figuras aladas a cada lado, representaciones de un Boréada y una Harpía, 550.520 a.C., British Museum

Las Harpías, con sus "rostros de muchachas", no sólo roban la comida, sino que la contaminan con sus excrementos y sus sucias garras y bocas. Incluso la poca comida que dejaban, explica el mitógrafo Apolodoro de Atenas, "apestaba tanto que nadie quería tocarla" (Biblioteca Mitológica). En Grecia, la idea de contaminación (miasma, en griego), es un tema profundo que recorre muchas prácticas rituales y que conecta toda una gama de creencias sobre la alimentación, la higiene, la medicina, la observancia religiosa y la salud. Los riesgos de profanación estaban muy presentes en todos los acontecimientos vitales. Las nociones de sacrilegio y de lo "obsceno" (obscenus, en latín, es también “contaminado”) eran extensas y necesitaban varias formas de purificación. Los pájaros eran contaminadores potenciales de los lugares sagrados y los hogares (como vimos en el milano), porque acudían a comer las ofrendas dejadas en los altares y las manchaban con sus excrementos, pero también, de forma más simbólica, como presencias ominosas. Esta forma de pensar alcanzaba a las mujeres a través de las impurezas asociadas a la fertilidad, la menstruación y la concepción. Que unas aves voraces tuvieran presencia femenina parecía natural.

Johann Prüsm, Ortus sanitatis, 1497

Las Harpías no se representan en el arte tan a menudo como otras criaturas y a veces se confunden con las Sirenas, pero como no se asocian a la música resultan menos evocadoras que sus hermanas de dulce canto.

En la Edad Media se vuelven símbolos del alma pecadora (Aldrovandi hace notar que los Padres de la Iglesia decían que eran prostitutas). Convertidas en alegorías, se las vio como cortesanas que devoraban la fortuna de sus amantes y como encarnación de la avaricia y de la maldad femenina.

Jacob van Maerlant, Der Naturen Bloeme, c. 1350, Koninklijke Bibliotheek

Según varias leyendas, mataban a las primeras personas que encontraban; más tarde llegaban a un estanque donde no sólo veían sus propios reflejos, sino también los de las personas a las que habían matado. Llenas de remordimiento, lloraban el resto de sus vidas. Esta conducta puede verse en dos arpías de aspecto poco clásico, un macho y una hembra, en San Jerónimo en penitencia, de Lucas Cranach el Viejo.

Lucas Cranach el Viejo, San jerónimo penitente, c. 1525, Museo del Tirol. Las harpías, un hombre barbudo y una mujer, miran los reflejos en el agua

De este modo, el monstruoso raptor de la Antigüedad se convirtió en una imagen cristiana de la seducción y, posteriormente, del sufrimiento por el pecado e, indirectamente, de la penitencia. Sin embargo, no dejaron nunca su identidad demoníaca. “Le brutte Arpie" reaparecieron como monstruos femeninos atormentadores en el Infierno de Dante y el Renacimiento italiano trató de recuperar su naturaleza clásica.

Gustave Doré, Arpías en el bosque infernal del Infierno de Dante, 1861

Las Harpías más célebres del Renacimiento aparecen en una obra de Andrea del Sarto, la Madonna de las Harpías, donde la Virgen está acompañada de san Francisco y san Juan Evangelista, en un típico esquema piramidal, una sacra conversación. El cuadro está firmado y fechado en el pedestal, en el que Vasari, en su descripción del cuadro en 1550, vio dos Harpías, aunque también se las ha identificado con esfinges o langostas apocalípticas. Hay quien ha acudido a la referencia fácil debido a que la mujer del pintor tenía reputación de malvada, una especie de arpía, o así al menos la describieron sus coetáneos.

Andrea del Sarto, Madonna de las harpías, 1517, Galería de los Uffizzi, Florencia

Las cabezas de los monstruos se levantan hacia la Virgen y el Niño con expresiones de angustia o desesperación, con las cuencas de los ojos vacías y las bocas abiertas. Esa expresión perdida y torturada no es habitual en el estilo refinado de Andrea del Sarto.

Detalle de las Harpías de Andrea del Sarto

En realidad, las harpías, sirenas y esfinges en posiciones similares son bastante comunes en la imaginería religiosa de la época. Probablemente, la función de estas criaturas era simbolizar el paganismo derrotado por el cristianismo o el triunfo de la pureza sobre el pecado.

Detalle del pedestal del retablo de terracota vidriada de la Inmaculada Concepción, por Giovanni della Robbia, ca. 1515., en la iglesia de San Lucchese. Pueden verse dos monstruos femeninos alados, aunque más dulcificados que los de Andrea del Sarto

 

Filipino Lippi, San Sebastián entre los Santos Juan Bautista y Francisco, 1502, Palazzo Bianco, Génova. El pedestal de san Sebastián tiene dos harpías

No ha dejado de recurrirse a ellas para contextos políticos o sociales. La reina María Antonieta, quizás el ser más odiado por los revolucionarios franceses y el personaje con peor reputación de la historia de Francia (exceptuando a Pétain), también fue representada de esa forma en los libelos antimonárquicos.

María Antonieta en figura de Harpía desgarrando los Derechos del hombre y la Constitución, después de 1791, Museo Carnavalet, París

Las harpías adquirieron un sentido misógino y el término se convirtió en un simple adjetivo alejado de cualquier analogía trascendente. Así lo vemos en los Caprichos de Goya, cuya interpretación en su época parecía muy evidente: “Una puta se pone de señuelo en la ventana, y acuden militares, paisanos y hasta frailes y toda especie de avechuchos revolotean alrededor: la alcahueta pide a dios que caigan, y las otras putas los despluman, y hacen vomitar, y les arrancan hasta las tripas como los cazadores a las perdices”. El propio pintor aparece autorretratado, con su rostro pegado al señuelo…él sabría por qué.

Francisco de Goya, aguafuerte de los Caprichos, “Todos caerán”, 1799

Edvard Munch hizo varias versiones del tema, pero en su caso hay una inclinación romántica: el hombre, o el artista, devorado en la “batalla de los sexos”, un tema habitual en su obra. El motivo de la mujer fatal (femme fatale es como suele denominarse este estereotipo), que se aprovecha del hombre y lo destruye, era un tema omnipresente en el arte y la literatura desde el siglo XIX (en Carmen, de Bizet; en Lulú, de Alban Berg; en Salomé, de Wilde; en El mandarín maravilloso, de Bartók; en las vampiresas del cine negro…). La imagen de la harpía de Munch en la versión de 1899, más simple y potente que la de 1894, es avasalladora. La obra está muy relacionada con su propio temperamento enfermizo y es un ejemplo de cómo expresó con frecuencia el dolor provocado por sus humillantes relaciones con las mujeres, cuya libertad sexual le atemorizaba (véase su vampiro femenino en su obra Amor y dolor, unidos).

Edvard Munch, Harpía, 1894

 

Edvard Munch, Harpía, 1899

Y así, de las Harpías sólo quedará su recuerdo a través de las mujeres misteriosas e indomables de la época dorada del cine negro, vampiresas irresistibles, sirenas atrayentes, femmes fatales que unían deseo y muerte, la perdición de los ingenuos  aspirantes a héroes. 



De arriba abajo y de izquierda a derecha, varias harpías del cine: Marlene Dietrich en “El ángel azul”, 1930; Barbara Stanwyck, con el ingenuo Fred MacMurray, en “Perdición”, 1944; Lana Turner en “El cartero siempre llama dos veces”, 1946; Ava Gardner en “Los asesinos”, 1946; y Rita Hayworth,  con Orson Welles, en “la dama de Shanghai”, 1947

(CONTINUARÁ)

Comentarios

  1. Si me hubieran preguntado por el significado de la palabra harpía solo habría podido decir que era mujer malvada. Nada sobre su origen, procedencia o imagen. Tampoco la hubiera identificado con cara de mujer y cuerpo de pájaro. Para mí era mucho menos conocida que la sirena, por ejemplo. Pienso que en la actualidad es una palabra que está cayendo en desuso, pero no porque no se de el caso de mujeres que se ganen ese nombre, sino porque se utilizan otros calificativos.

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