CUNA DE VIDA, ECO DE AUSENCIA


«Quizás una casa demasiado alta

—¡Ah, la aristocracia! —

desea el pequeño chochín.

La alondra no se avergüenza

de construir sobre la tierra

su modesta casa».

(Emily Dickinson, Para cada pájaro un nido, 1859)



Un relieve del sepulcro del infante Alfonso en la Cartuja de Miraflores, obra de Gil de Siloé, 1489-1492. Cortesía de José Carlos Sanz Belloso

Como el primer hogar, el nido abriga la nueva vida, pero otras veces evoca el vacío de lo que se ha perdido sin remedio. En el primer caso, anidar puede ser contemplado como regeneración y esperanza, incluso cuando la vida parece abrirse paso en las condiciones menos propicias. El punto de vista humano ve en ello el testimonio de una renovación siempre posible. La llegada de la golondrina a su nido de antaño o el regreso del canto del cuco (aunque éste no anida, precisamente) son buenas muestras de cómo hemos asociado el retorno de la vida a la reaparición del pájaro en su nido.

Nido de golondrina común. Eugenio Bettoni y Dressler Oscar, Historia Natural de las Aves que anidan en Lombardía, 1868

Emily Dickinson, que tantas imágenes aviares nos dejó pese el escaso horizonte en el que vivía (apenas salió de su casa, donde estuvo voluntariamente recluida los últimos años de su vida), evocó muchas veces el acogimiento y el abrigo que inspira el nido. Cuando escribe «Una hermana tengo en nuestra casa/ y otra al otro lado del seto» se refiere a su hermana Lavinia y a su cuñada e inmediata vecina, Susan Gilbert, probablemente el objeto de buena parte de sus poemas amorosos. Susan era «la única mujer en el mundo» y es frecuente que presente su relación como la de dos pájaros que anidan mutuamente la una en la otra.

«Su pecho es digno de perlas,

pero no soy un buceador.

Su frente es digna de tronos,

pero no tengo cimera.

Su corazón es como un hogar,

yo —un gorrión— construyo allí,

con ramitas y cordeles,

un nido permanente».

Nido de mirlos en una leñera. Fotografía de Timo Kirkkala/Flickr

Por otra parte, el nido y sus criaturas, siempre amenazados, son también imagen de fragilidad y vacío. El fracaso de las nidadas es muy frecuente, especialmente entre los paseriformes, las mayores víctimas de la depredación (mayor entre las especies que anidan en árboles, hasta un tercio; menor entre los que anidan en arbustos y menor aún entre los que prefieren las oquedades) y las más sensibles a las condiciones meteorológicas. La muerte que ronda y amenaza con desahabitar los nidos es el tema de un poema de Robert Frost, El nido expuesto (1916), en el que su hijo descubre en el suelo uno que ha quedado desprotegido por una segadora de heno y en el que los polluelos han sobrevivido milagrosamente.

«Era un nido en el suelo lleno de pajaritos

que la barra cortadora acababa de pisotear […]

[…] Quería devolverles su derecho

a algo que se interpusiera entre su vista

y demasiado mundo a la vez…»

El deseo del niño de ayudar a los pájaros construyendo una pantalla para darles sombra da lugar a preguntarse si su intromisión ayudará o ahuyentará a la madre, causando, quizás, un nuevo daño. El poema da una imagen de la indiferencia impersonal y cruel de la naturaleza; incluso el intento de hacer el bien puede traer un perjuicio. Se debe seguir adelante, pero el narrador no se siente cómodo ignorando el cuidado de los pájaros y, sin embargo, no tiene más opción que hacerlo.

La evocación de la muerte no es, por tanto, ajena al nido. En los columbarios romanos, la muerte imita a las palomas: ¿fue algo más que una disposición práctica? Tantos pájaros evocan el último paso que, muchas veces, eran un consuelo para los difuntos y actuaban como una conexión entre ellos y los dolientes. Fueron así las aves de las estelas funerarias griegas, la transición de quien abandona el nido familiar.

Columbario de la Vigna Codini, principios del siglo I (época de Tiberio), en la Via Apia, Roma

Urna funeraria con dos pájaros encontrada en Newark en 1836, del periodo anglosajón temprano (sur y el este de Inglaterra, siglo V y principios del VI d. C.). Dibujo de Thomas Milner en History of England, 1853. Los pájaros, que parecen anidar sobre los restos del difunto, podrían ser auténticos psicopompos, portadores de su espíritu hacia el cielo (hay que tener en cuenta que en esta época los sajones aún no se habían convertido al cristianismo)

Petirrojo americano anidando en una sepultura del cementerio de Waldheim, Illinois

En algunos cementerios ingleses, siguiendo esta estela, se instalan cajas-nido para convertirlos en jardines del recuerdo. Como si fueran portadores de las almas, se quiere invitar a los pájaros a ocupar un lugar entre los seres ausentes.

Cementerio Landican, en Wirral, Reino Unido. Cada caja se dedica a un difunto, aunque su disposición y su situación en la zona más concurrida no es la más práctica para atraer a los pájaros; son, más bien, un elemento simbólico

En Middlemarch (1874), la novelista George Eliot escribe uno de los mejores finales de la historia de la literatura:

«Pero el efecto de su existencia en quienes la rodeaban fue incalculablemente difusivo: porque el creciente bien del mundo depende en parte de actos no históricos; y el que las cosas no estén tan mal entre nosotros como podrían haber estado, se debe en parte a los muchos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas no visitadas»

La concreción de la existencia finita sin sueños, centrarse en el bien del presente sin trascender, es uno de los temas de esta novela de George Eliot que la propia Emily Dickinson, una gran admiradora, supo ver claramente. Ese «bien del mundo», como un nido, puede ser un paréntesis en medio de la destrucción, una encrucijada entre el renacimiento y la ausencia. Un orfanato encarna esa intersección entre lo que ha sido destruido y lo que debe vivir, recuerdo de muerte y afirmación de vida, la historia de otro nido.

Una antigua fotografía del orfanato Nido de pájaro

La comunidad armenia pudo considerarse huérfana porque había perdido su tierra y gran parte de su cultura material y, sobre todo, muchos de sus miembros lo eran en sentido literal, aquellos que tuvieron que buscar refugio tras perder a sus familias en el genocidio perpetrado por las autoridades otomanas (1915-1923). Durante la Primera Guerra Mundial, el American Committee for Syrian and Armenian Relief (Comité americano para el socorro sirio y armenio) gestionó varios campos de refugiados en Líbano para los supervivientes del genocidio armenio y evacuó a 110.000 huérfanos desde el Imperio Otomano a Rusia, Líbano, Siria y Grecia. De ellos, 1.400 fueron instalados en Biblos, donde se estableció un orfanato junto a la costa. En 1926, la fundación abandonó Oriente Próximo y Maria Jacobsen, una enfermera danesa, con ayuda de la KMA (Organización de Trabajadoras Misioneras), compró el orfanato, del que fue directora hasta su muerte, en 1960. Lo bautizó como «Nido de pájaro» (en armenio, րֵ֥֡ր ֶ֥: οֶֹּց ָ֢ւֵֶ) y allí, como tantos, fue sepultada. En 1967, la KMA transfirió la propiedad del orfanato al Catolicosado Armenio de la Gran Casa de Cilicia, que trata de conservar el nido ya vacío, sólo recuerdo, al que Maria Jacobsen, Mama Jacobsen para varias generaciones de niños, alimentó en vida.

Una antigua fotografía, sin datar, del "Nido de pájaro". Maria Jacobsen está sentada entre las filas de abajo, con pelo blanco y gafas


Lo que queda del cementerio del "Nido de pájaro", que recibió al primer huérfano en 1924

Monumento en la entrada del Museo del Genocidio Armenio, en Biblos, anexo al "Nido de pájaro "



 


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