EL AVE AUGUSTA

 

«Se agarra al peñasco con garras torcidas;

cerca del sol, en tierras solitarias,

rodeada del mundo azul, se yergue.

El arrugado mar estalla bajo ella;

mira desde los muros de su montaña,

y como un rayo cae».

(Alfred Tennyson, El águila)

Imago Aquilae en Los Evangelios de Northumbria, siglo VIII. Cambridge, Corpus Christi College, MS 197B

Ave arquetípica de la majestad y del poder, toda fuerza y belleza, el águila es un símbolo transversal que ha migrado de una cultura a otra desde lo más remoto. El ser humano ha venerado siempre su potencia agresiva, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. Es a las aves lo que el león a los animales terrestres, adecuada para una sociedad guerrera, atributo de dioses y reyes y, así, su presencia en las banderas y en la heráldica es mucho mayor que cualquier otra ave. 

Fragmento de la Historia de Tarquino Prisco, quinto rey de Roma, tapiz flamenco, c. 1475-1485, catedral de Zamora. El águila le quita el sombrero a Tarquino (en primer plano, sobre un caballo blanco) y se lo vuelve a poner, dignificándolo como rey

Chaucer, en su Parlamento de las aves, no duda en darle la figura de reina. Sin duda, en el reparto de papeles, está en el grupo de los que devoran, no en el de los que son devorados. Toda la paz y la benevolencia de la paloma se convierten en el águila en belicosidad.

Nisroch, demonio mesopotámico con cabeza de águila. Relieve del palacio de Asurnasirpal II, rey de Asiria entre 883 y 859 a. C. Museo Británico

Desde la Edad de Bronce, el águila ha sido un emblema frecuente. Parece que las primeras águilas bicéfalas, una iconografía que tendrá largo recorrido, proceden de Irán, de la cultura Joft. 

Dos objetos de clorita procedentes de la cultura Joft, Irán, ambos del tercer milenio a.C. A la izquierda, águila de dos cabezas que atrapa a una serpiente. A la derecha, águila de dos cabezas

Entre los hititas, era la única criatura que recibía estatus divino como intermediaria con los hombres y su figura bicéfala parece que fue una insignia real. Los sumerios y asirios utilizaban el águila como símbolo supremo y no ha abandonado esa naturaleza desde entonces.

Águila bicéfala en el yacimiento hitita de Alaca Höyük, Turquía. II milenio a. C. El águila apresa a dos liebres con sus garras

Jean Cocteau, Águila de dos cabezas, 1957

Aristóteles distingue varios tipos de águilas por el tipo de presa que capturan: nombra a la nebrophonos (matadora de cervatillos), nettophonos (matadora de patos) y lagophonos (matadora de liebres). Hesiquio también hablaba de un águila comedora de tortugas, Chelonophagos.  Quizá de esta creencia venga la leyenda de la muerte de Esquilo, al que le cayó una tortuga en la cabeza, arrojada por un águila o un quebrantahuesos, que suelen dejar caer huesos o tortugas para que se rompan y poder comerlos. Aristóteles también dio crédito a la fábula de que se atrevía a mirar al sol e imponía esa prueba a su descendencia. Pausanias reafirma que es un ave que se consagra al sol y así ha sido en casi todas partes.

 

El llamado «Pintor del águila», Hydria caeretana de figuras negras (de Caere, Etruria), Louvre, C. 540 a. C.

Sus cualidades hicieron que se adoptara como símbolo guerrero, aunque en el mundo clásico tuvo, además, un papel oracular, mezclando grandeza e infortunio. En la Iliada, cuando Héctor se dispone a dirigir un ataque contra las naves griegas, sus hombres dudan y en ese momento un águila pasa de derecha a izquierda con una serpiente en sus garras, que se revuelve y muerde al ave, que la deja caer en las filas troyanas; Polidamante, el augur, lo interpreta como un mal agüero, pero Héctor desprecia el vaticinio y lleva a cabo la incursión, que fracasa. En la misma obra, cuando Príamo se dispone a reclamar a Aquiles el cadáver de Héctor, un águila aparece a la derecha, y de ello deduce que su petición tendrá éxito.

En Agamenón, de Esquilo, se cuenta el prodigio de las dos águilas que matan a una liebre preñada, interpretado por el adivino Calcas como la guerra de los Atridas (Menelao y Agamenón) contra Troya (la liebre), pero también predice la ira de Artemisa, que siente compasión por la liebre (Ifigenia, la hija de Agamenón, sacrificada por su padre). Hablan el Coro y Calcas:

Coro:

«Tengo el poder de proclamar

aquella profecía hecha a nuestros reyes,

mientras se ponían en camino,

un resultado feliz para su expedición.

Mi edad me inspira todavía la persuasión,

el poder de la canción enviada por los dioses,

para cantar cómo dos reyes de las tropas de Acaya,

unidas en un mando conjunto, condujeron

a los jóvenes de Grecia, armados con lanzas vengadoras,

marchando contra Troya, tierra de Teucro.

Tuvieron un feliz presagio: dos águilas,

reyes de las aves, aparecieron ante los reyes de los barcos.

Un ave era negra, la cola de la otra era blanca,

aquí, cerca del palacio, a la derecha,

en un lugar donde todos podían ver.

Las águilas se estaban atiborrando,

devorando una liebre preñada

y todas sus crías nonatas,

luchando en su agonía todavía».

Calcas:

«Con el tiempo, esta hueste ha de conquistar la ciudad de Príamo, y serán devastadas violentamente las abundosas riquezas que los pueblos amontonaran en los recintos reales, con tal que la cólera divina no empañe el sólido freno forjado en este campamento para Troya. En efecto, la casa de los Atridas es odiosa a la casta de Ártemis, pues los alados perros de su padre han devorado allí una liebre temblorosa, antes de que hubiese parido, y todas sus crías. A Ártemis le horrorizan los banquetes de águilas. ¡Celébralo con lúgubre canto: mas todo acabe en victoria!»

 

Hydria caeretana de figuras negras (de Caere, Etruria), Louvre, C. 530 a. C. Dos águilas dan caza a una liebre

 En la adivinación, el guerrero que se veía precedido de un águila  avalanzándose sobre su presa recibía un mensaje transparente de coraje y fe en la victoria.

Ilustración de ornitomancia en el "Diccionario de antigüedades griegas y romanas" de Daremberg y Saglio, 1892. Se trata de un calco de un vaso griego sin determinar. Ante los combatientes, el águila se avalanza sobre la liebre, señal de buen augurio

La asociación del águila con Zeus se extendió a la realeza en general. Odiseo apareció como águila en el sueño de Penélope y los gansos, y Darío, en Los Persas de Esquilo, se apareció a Atosa, la madre del rey Jerjes, como un águila volando ante un halcón, mientras espera noticias de la expedición de su hijo contra los griegos. Expresando su ansiedad e inquietud, Atosa narra la que quizás sea la primera secuencia de un sueño en la historia del teatro, un anuncio del orgullo desmedido de Jerjes, que acabará en derrota:

«Al levantarme y tras lavar mis manos en una hermosa fuente hacia el altar acudo, sosteniendo en mis manos una ofrenda; quería ofrecer libaciones a los dioses que alejan, señores de este rito, los presagios malignos. Y un águila diviso junto al altar de Febo. Me quita el miedo el habla, amigos. Y, más tarde, a un halcón contemplo lanzado con sus alas a la carrera y que arranca con sus garras plumas de su cabeza; el águila no sabe sino ofrecer su cuerpo, de miedo acurrucada. Tal fue la pesadilla una horrorosa escena y horroroso relato. Porque, debes saberlo, mi hijo, si triunfa, varón será admirable, y si reveses sufre, no debe rendir cuentas. Si consigue salvarse proseguirá reinando sobre esta nuestra tierra».

Suetonio, en la vida del emperador Tiberio, da cuenta de que éste, exiliado en Rodas, presenció una escena que auguraba su futuro, poco antes de que Augusto lo convocara a Roma para nombrarlo sucesor:

«De hecho, pocos días antes de que Tiberio fuera llamado [a Roma], un águila, un ave que no se había visto antes en Rodas, se posó en el tejado de su casa».

Su condición premonitoria llegó mucho más lejos: en El cantar de los Nibelungos (c. 1200), la protagonista, Krimilda, sueña con dos águilas que atacan a un halcón, una visión de lo que su familia hará más tarde con su amante Sigfrido.

Heinrich Schwemminger (1803-1884), Sueño de Krimilda. A través de la ventana pueden verse las águilas atacando al halcón

Los griegos pensaban que el águila existió antes que Zeus porque fue ella la que le ofreció néctar para saciar su sed, mientras que las palomas de Afrodita le alimentaban con ambrosía. Las águilas de Zeus fueron las que encontraron el Ónfalos de Delfos (la piedra que señalaba el «ombligo» del mundo): la leyenda cuenta que Zeus hizo volar dos águilas desde dos puntos opuestos del Universo y se encontraron sobre la piedra, donde quedó fijado el centro de la Tierra.


Pintor de Naucratis, Zeus y el águila, interior de una copa de laconiana de figuras negras, c. 560 a. C., Louvre

 

La primera referencia al mito de Prometeo es de Hesíodo. Castigado por haber robado el fuego a los dioses, cada día un águila devoraba su hígado, que por la noche volvía a crecer y se reanudaba la tortura indefinidamente.

«Un águila de alas largas, que se alimentó de su hígado inmortal;

pero por la noche el hígado crecía de nuevo y reponía

todo lo que el ave de alas largas había devorado durante el día». (Hesíodo, Teogonía)

Pintor de Arquesilas, Prometeo y Atlas, kílix laconio de figuras negras, 560-550 a. C., Museos Vaticanos

Dada la importancia del hígado en la adivinación (hepatomancia la llamaban los griegos; aruspicina, los romanos), su papel en el mito de Prometeo puede reflejar la existencia de un secreto que Zeus quería conocer. ¿Prometeo fue inicialmente un águila totémica?  Filóstrato escribe sobre Prometeo y su castigo:

«Los habitantes del Cáucaso están dominados por el mito del castigo de Prometeo, que habría sido encadenado en esa región y condenado a que un águila le comiera el hígado. Prometeo es allí un héroe local, por lo cual consideran enemigas a las águilas y cuantos nidos hacen en las rocas ellos los queman, y les arrojan dardos encendidos y les ponen lazos, y aseguran que así vengan a Prometeo».

El poderío del águila está detrás de la iconografía en que se le muestra capturando algún animal, generalmente una liebre, pero también delfines o tortugas. Es muy habitual en la numismática griega.

Istros, dracma tracia del siglo IV a. C. Cabezas masculinas enfrentadas y águila marina captura un delfín con sus garras.

Elis, dracma acuñada hacia el 245-210 a. C. Águila con una liebre en sus garras y rayo alado que simboliza a Zeus

Moneda del reino ptolemaico de Egipto, Ptolomeo VIII Evergetes , 150-116 a. C.

El rapto de Ganimedes por el águila de Zeus (o por el mismo Zeus transformado) ha sido un motivo que se ha prestado a todo tipo de reinterpretaciones. Sirvió como prefiguración del evangelista Juan, joven imberbe elevado por la contemplación espiritual. En el Renacimiento, el neoplatonismo lo simboliza como el alma humana amada por el ser supremo. El dibujo que hizo Miguel Ángel representa el furor amatorius neoplatónico, el sentimiento que el artista sentía por Tomasso Cavalieri, que debió de ser de excepcional belleza física y de gran inteligencia, un amor que lo absorbió el resto de su vida desde que lo conoció en 1532 y que le inspiró numerosos poemas.

Miguel Ángel, copia del dibujo que hizo con el tema de Ganimedes, c. 1533, Museo de Harvard. Parece que el dibujo de Miguel Ángel fue inspirado por su encuentro con Cavalieri

El águila fue también el estandarte de las legiones romanas. Plinio data la inauguración formal de esta práctica en 104 a.C.:

«Cayo Mario, en su segundo consulado, adoptó el águila como símbolo especial de las legiones. Ya antes había sido su principal estandarte, junto con otros cuatro lobos, minotauros, caballos y jabalíes, llevados al frente de las respectivas filas. Pocos años antes ya se había convertido en costumbre llevar el águila sola a la batalla, dejando el resto en el campamento, pero Mario descartó esas otras por completo. A partir de entonces se observó que apenas se levantaba un solo campamento de invierno sin que hubiera una pareja de águilas en la zona.»

Detalle de la coraza del Augusto de Prima Porta. Siglo I d. C., Museos Vaticanos. Parece representar a un bárbaro (un parto) devolviendo (a Marte Ultor, seguramente) el estandarte perdido por Licinio Craso, derrotado en Carras en el 53 a. C.

Siguiendo el Salmo 102 («Tu juventud se renovará como la juventud del águila»), el Fisiólogo cuenta que esta ave, cuando su vuelo y su vista se debilitan con la edad, vuela hacia el sol y luego se sumerge tres veces en un manantial; con ello recupera la vista y la juventud. El Fisiólogo interpreta el rejuvenecimiento a través de la inmersión como un símbolo del bautismo y del renacimiento espiritual que éste produce. Los Padres de la Iglesia adoptaron esta imagen, que se convirtió en propiedad común en la Edad Media y se encuentra en muchos bestiarios.

Fisiólogo, Bayerische Staatsbibliothek, Clm 6908, folio 83r. El texto explicatorio dice que cuando un águila envejece su vista se debilita, por lo que vuela hacia el sol para aclararse los ojos. Luego, el águila se sumerge en el agua y recupera su juventud.

Bestiario de Pierre de Beauvais, Bibliothèque de l'Arsenal, Ms-3516. El águila se sumerge para recuperar la juventud

Hay representaciones del bautismo de Cristo, acompañadas del águila y del ciervo (el ciervo que acude a la fuente es un símbolo poético y del bautismo). En la Concordantia Caritatis (1345-1351) de Ulrich von Lilienfeld, bajo el bautismo de Cristo se representan dos ciervos, uno de ellos con una serpiente en la boca, y dos águilas, una sumergiéndose en un manantial y la otra volando hacia el sol, con los versos:

«Cervus aquas sumit frigidas viresque resumit» («El ciervo recibe las frías aguas y se recupera del veneno»)

«Sic aquilani senem fons mutat in iuvenem» («Así la fuente convierte la vejez de las águilas en juventud»)

 

Ulrich de Lilienfeld, Concordantia caritatis , Manuscrito M.1045, folio 21v, c. 1460. Las viñetas inferiores representan los ciervos y las águilas

 

Joachim Camerarius, Symbola et emblemata, Núremberg, 1596. Emblema 16 «Vetustate relicta» (Vejez suprimida), Glasgow University Library

 

Misal de Stammheim, procedente del monasterio de san Miguel de Hildesheim, segunda mitad del siglo XII: Ascensión de Cristo. Arriba a la izquierda, Moisés observa cómo un águila emprende el vuelo («Como águila que revolotea sobre el nido y anima a sus polluelos a volar, así el Señor extendió sus alas y, tomándolos, los llevó a cuestas», Deut. 32:11). Getty Museum

Con más frecuencia que la inmersión en el manantial se representa el vuelo del águila hacia el sol, que suele simbolizar la ascensión de Cristo o el alma y sus aspiraciones, como en el Misal de StammheimEn el Flabellum («abanico litúrgico») de la Abadía de Kremsmünster (c. 1200), la Ascensión, en el cuadrante superior derecho, está sobre las águilas. 

Flabellum de la Abadía de Kremsmünster, c. 1200: Resurrección y Ascensión (en la mitad superior) con escenas simbólicas paralelas (a la izquierda, un león dando aliento a sus cachorros; a la derecha, las águilas)

Un motivo favorito es el del águila llevando a su cría hacia el sol. Para interpretar esta escena se ha recurrido acertadamente a la “prueba de la cría”, que se remonta a Aristóteles y llegó a los bestiarios medievales a través de los Padres de la Iglesia. Se basa en la idea de que el águila puede mirar al sol sin quedar cegada; de sus crías, sólo alimenta a aquellas que también pueden hacerlo y las demás son rechazadas. Se interpretó como la separación del bien y del mal en el Juicio Final o como el papel mediador de Cristo, que conduce a los hombres hacia Dios.

Águila llevando a su cría hacia el sol. Colonia, Catedral, sillería del coro, c. 1325

Bestiario de Rochester, Biblioteca Británica, Royal MS 12 F XIII, folio 49r. El águila expulsa del nido a la cría que no puede mirar al sol

El carácter ascensional del águila la hizo merecedora de ser el símbolo del evangelista Juan. Este simbolismo a menudo ha encontrado expresión en diversas formulaciones, como en este evangeliario parisino de 1379:

«Estos cuatro animales simbolizan al Señor Cristo,

Es un hombre al nacer y un becerro sagrado al morir,

Y un león levantándose, y un águila alcanzando el cielo».

Apocalipsis de Bamberg, ilustración de un pasaje: «Miré: y oí un águila que volaba por mitad del cielo, y decía con gran voz: “¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra por los toques de trompeta que faltan, por los tres ángeles que están a punto de tocar!”». 1000-1020, Biblioteca Estatal de Bamberg

Refiriéndose al citado Salmo 102 (el de la renovación) y siguiendo a Aristóteles, el Physiologus dice que cuando el pico del águila crece demasiado y no puede comer, lo rompe y lo vuelve a afilar en una piedra dura para poder volver a comer y seguir viviendo. La roca salvadora sería Cristo, que libera al hombre de sus pecados en el bautismo.

Bestiario de amor de Richard de Fournival, Biblioteca Nacional de Francia, fr. folio 264v. El águila afilando su pico en la roca

En miniaturas y capiteles a veces encontramos la lucha del ave con la serpiente. Aunque suele interpretarse como un águila, casi siempre es “el ave de Oriente”, como vimos en la entrada sobre el pavo real. El águila luchando con el reptil es una iconografía de origen precristiano, como puede verse en esculturas romanas, que vuelve a utilizarse desde el Renacimiento en contextos profanos (como en el escudo de México).

Aristóteles decía que el águila y la serpiente eran enemigos. En Antígona, Sófocles usa la imagen de la lucha del águila y la serpiente para representar a los oponentes en el combate, cuando Polinices ataca Tebas, cuyos ciudadanos eran apodados «hijos de la serpiente» porque los primeros constructores de la ciudad nacieron de la siembra de los dientes del reptil por Cadmo.

«Polinices, que se levantó contra nuestra patria llevado por dudosas querellas, con agudísimo estruendo, como águila que se cierne sobre su víctima, como por ala de blanca nieve cubierto por multitud de armas y cascos de crines de caballos; por sobre los techos de nuestras casas volaba, abriendo sus fauces, lanzas sedientas de sangre en torno a las siete puertas, bocas de la ciudad, pero hoy se ha ido, antes de haber podido saciar en nuestra sangre sus mandíbulas y antes de haber prendido pinosa madera ardiendo en las torres corona de la muralla, tal fue el estrépito bélico que se extendió a sus espaldas: difícil es la victoria cuando el adversario es la serpiente».

Alabastron corintio, s. VI, Museo de Heidelberg. Se ve una serpiente acosada por dos águilas

Estátero de plata de Olimpia, C. 432-421, de la 87.ª Olimpiada. Museo de Bellas Artes de Boston. Águila y serpiente y rayo alado

 

Escultura de águila dominando a una serpiente, datada de los siglos I-II d. C, encontrada en Londres

Los cristianos adoptaron la iconografía como símbolo de la victoria de Cristo contra las fuerzas del mal. También, desde el Renacimiento, fue símbolo profano de combatividad y victoria; así lo encontramos como motivo de muchos monarcas, incluso hasta el siglo XX.

Medalla de Cristián II de Dinamarca, Noruega y Suecia (1481 -1559) ofrecida por un aliado extranjero, posiblemente Federico III, elector palatino. El águila que combate a la serpiente lleva el lema «Dimicandum» (Combatiendo)

Medalla de bronce dorado, condecoración para los soldados alemanes que participaron en la campaña de China para sofocar el levantamiento de los bóxers, 1901. La iconografía se ha adaptado a la nueva circunstancia; puesto que se trataba de combatir a las milicias chinas, el águila domina al dragón chino

 En 1818, Percy Shelley publicó un poema, La rebelión del Islam, donde mezcla dos temas muy queridos por el romanticismo: orientalismo e idealismo frustrado. Sin quererlo, resultará una premonición de la inmediata guerra de independencia de Grecia, que se inició en 1821. Vuelve sobre la imagen de la lucha entre el águila y la serpiente como el combate entre el despotismo y los ideales elevados:

«Así es este conflicto--cuando la humanidad lucha

con sus opresores en una lucha de sangre,

o cuando los pensamientos libres, como relámpagos, están vivos,

y en cada seno de la multitud

la justicia y la verdad con la hidra de la costumbre

libran una guerra silenciosa; cuando sacerdotes y reyes disimulan

en sonrisas o ceños fruncidos su feroz inquietud,

cuando alrededor de corazones puros se reúne una hueste de esperanzas,

la serpiente y el águila se encuentran, ¡los cimientos del mundo tiemblan!».

Broche con águila de las joyas de oro de Maguncia de la emperatriz Gisela, c. 1025, Museo del Estado de Maguncia

Es, con mucho, el ave heráldica por excelencia. Podríamos considerarla un atributo monárquico, imagen del poder omnímodo y solitario, aunque también fue adoptada por regímenes liberales. Es la imagen central del anverso del «Gran Sello» de los Estados Unidos, el que se usa en los documentos oficiales desde 1782. Puede que su asociación con el poder monárquico fuera la razón de que Benjamin Franklin, un espíritu republicano, disintiera de que el águila calva (Haliaeetus leucocephalus) representara los ideales de las virtudes de los ciudadanos de un nuevo país libre que había luchado por su independencia contra la corona británica. Su hábito de robar el alimento a otras aves no estaba a la altura de la dignidad de la nueva nación.

«Por mi parte, me gustaría que el águila calva no hubiera sido elegida para representar a nuestro país; es un ave de mal carácter moral, no subsiste de manera honesta […] Por lo tanto, no es de ninguna manera un emblema adecuado para los valientes y honestos Cincinnati de América, que han expulsado a todos los tiranos de nuestro país…».

Franklin prefería al pavo común, «un ave mucho más respetable, y además un verdadero nativo original de América... Es, además, aunque un poco vanidoso y tonto, un ave de coraje». Si creyéramos en las formas, no sabemos si un país representado por un pavo, un ave para el sacrificio, se haría respetar de la misma manera.

El ornitólogo Alexander Wilson, en su «American Ornithology» (1808-14), parecía coincidir con Franklin: critica a Buffon porque, en su Historia Natural (1770-1783), aceptara la tradición y llamara «noble» al águila y la considerara encarnación de la templanza (Buffon era muy dado a moralizar las características de los animales, dándoles un significado humano); en cambio Wilson la veía como ladrona y carroñera.

Alexander Wilson, Águila calva en «American Ornithology»

La cetrería, arte nobiliario por excelencia, apenas conoció en Europa la caza con águilas, que sí fue habitual entre los pueblos nómadas de las estepas asiáticas. De hecho, la cetrería es una práctica que llegó desde Oriente y ha sido, por su naturaleza, incompatible con la idea de rapiña, que era a la caza lo que la villanía a la nobleza. Un ave augusta para un arte de reyes, aunque sólo lo sean de la estepa.

Halconeros kitanos en una pintura de los siglos IX-X. Museo Nacional del Palacio, Taiwán. El jinete que está de frente lleva un águila

Jinete mongol con su águila real

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 





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