EL AVE AUGUSTA
«Se agarra al peñasco con garras torcidas;
cerca del sol, en tierras solitarias,
rodeada del mundo azul, se yergue.
El arrugado mar estalla bajo ella;
mira desde los muros de su montaña,
y como un rayo cae».
(Alfred Tennyson, El águila)
Imago Aquilae en Los Evangelios de Northumbria, siglo VIII. Cambridge, Corpus Christi College, MS 197B
Ave arquetípica de la majestad y del poder, toda fuerza y belleza, el águila es un símbolo transversal que ha migrado de una cultura a otra desde lo más remoto. El ser humano ha venerado siempre su potencia agresiva, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. Es a las aves lo que el león a los animales terrestres, adecuada para una sociedad guerrera, atributo de dioses y reyes y, así, su presencia en las banderas y en la heráldica es mucho mayor que cualquier otra ave.
Chaucer, en su Parlamento de las aves, no duda en darle la figura de reina. Sin duda, en el reparto de papeles, está en el grupo de los que devoran, no en el de los que son devorados. Toda la paz y la benevolencia de la paloma se convierten en el águila en belicosidad.
Nisroch, demonio
mesopotámico con cabeza de águila. Relieve del palacio de Asurnasirpal II, rey
de Asiria entre 883 y 859 a. C. Museo Británico
Desde la Edad de Bronce, el águila ha sido un emblema frecuente. Parece que las primeras águilas bicéfalas, una iconografía que tendrá largo recorrido, proceden de Irán, de la cultura Joft.
Dos objetos de clorita procedentes de la cultura Joft, Irán, ambos del tercer milenio a.C. A la izquierda, águila de dos cabezas que atrapa a una serpiente. A la derecha, águila de dos cabezas
Entre los hititas, era la única
criatura que recibía estatus divino como intermediaria con los hombres y su
figura bicéfala parece que fue una
insignia real. Los sumerios y asirios utilizaban el águila como símbolo supremo
y no ha abandonado esa naturaleza desde entonces.
Águila bicéfala en el yacimiento hitita de Alaca Höyük, Turquía. II
milenio a. C. El águila apresa a dos liebres con sus garras
Jean Cocteau, Águila de dos cabezas, 1957
Aristóteles distingue varios
tipos de águilas por el tipo de presa que capturan: nombra a la nebrophonos (matadora de cervatillos), nettophonos (matadora de patos) y lagophonos (matadora de liebres).
Hesiquio también hablaba de un águila comedora de tortugas, Chelonophagos. Quizá de esta creencia venga la leyenda de la
muerte de Esquilo, al que le cayó una tortuga en la cabeza, arrojada por un
águila o un quebrantahuesos, que suelen dejar caer huesos o tortugas para que
se rompan y poder comerlos. Aristóteles también dio crédito a la fábula de que
se atrevía a mirar al sol e imponía esa prueba a su descendencia. Pausanias reafirma que es un ave que se consagra al sol y
así ha sido en casi todas partes.
El llamado «Pintor del águila», Hydria caeretana de figuras negras (de Caere, Etruria), Louvre, C. 540 a. C.
Sus cualidades hicieron que se
adoptara como símbolo guerrero, aunque en el mundo clásico tuvo, además, un papel
oracular, mezclando grandeza e infortunio. En la Iliada, cuando Héctor se
dispone a dirigir un ataque contra las naves griegas, sus hombres dudan y en
ese momento un águila pasa de derecha a izquierda con una serpiente en sus
garras, que se revuelve y muerde al ave, que la deja caer en las filas
troyanas; Polidamante, el augur, lo interpreta como un mal agüero, pero Héctor
desprecia el vaticinio y lleva a cabo la incursión, que fracasa. En la
misma obra, cuando Príamo se dispone a reclamar a Aquiles el cadáver de Héctor,
un águila aparece a la derecha, y de ello deduce que su petición tendrá éxito.
En Agamenón, de Esquilo, se cuenta el prodigio de las dos águilas que
matan a una liebre preñada, interpretado por el adivino Calcas como la guerra
de los Atridas (Menelao y Agamenón) contra Troya (la liebre), pero también predice la
ira de Artemisa, que siente compasión por la liebre (Ifigenia, la hija de
Agamenón, sacrificada por su padre). Hablan el Coro y Calcas:
Coro:
«Tengo
el poder de proclamar
aquella profecía hecha a nuestros reyes,
mientras se ponían en camino,
un resultado feliz para su expedición.
Mi edad me inspira todavía la persuasión,
el poder de la canción enviada por los dioses,
para cantar cómo dos reyes de las tropas de Acaya,
unidas en un mando conjunto, condujeron
a los jóvenes de Grecia, armados con lanzas vengadoras,
marchando contra Troya, tierra de Teucro.
Tuvieron un feliz presagio: dos águilas,
reyes de las aves, aparecieron ante los reyes de los barcos.
Un ave era negra, la cola de la otra era blanca,
aquí, cerca del palacio, a la derecha,
en un lugar donde todos podían ver.
Las águilas se estaban atiborrando,
devorando una liebre preñada
y todas sus crías nonatas,
luchando en su agonía todavía».
Calcas:
«Con
el tiempo, esta hueste ha de conquistar la ciudad de Príamo, y serán devastadas
violentamente las abundosas riquezas que los pueblos amontonaran en los
recintos reales, con tal que la cólera divina no empañe el sólido freno forjado
en este campamento para Troya. En efecto, la casa de los Atridas es odiosa a la
casta de Ártemis, pues los alados perros de su padre han devorado allí una liebre
temblorosa, antes de que hubiese parido, y todas sus crías. A Ártemis le horrorizan
los banquetes de águilas. ¡Celébralo con lúgubre canto: mas todo acabe en
victoria!»
Hydria caeretana de figuras negras (de Caere, Etruria), Louvre, C. 530
a. C. Dos águilas dan caza a una liebre
La asociación del águila con Zeus
se extendió a la realeza en general. Odiseo apareció como águila en el sueño de
Penélope y los gansos, y Darío, en Los
Persas de Esquilo, se apareció a Atosa, la madre del rey Jerjes, como un águila
volando ante un halcón, mientras espera noticias de la expedición de su hijo contra los griegos. Expresando su ansiedad e inquietud, Atosa
narra la que quizás sea la primera secuencia de un sueño en la historia del
teatro, un anuncio del orgullo desmedido de Jerjes, que acabará en derrota:
«Al
levantarme y tras lavar mis manos en una hermosa fuente hacia el altar acudo,
sosteniendo en mis manos una ofrenda; quería ofrecer libaciones a los dioses
que alejan, señores de este rito, los presagios malignos. Y un águila diviso
junto al altar de Febo. Me quita el miedo el habla, amigos. Y, más tarde, a un halcón
contemplo lanzado con sus alas a la carrera y que arranca con sus garras plumas
de su cabeza; el águila no sabe sino ofrecer su cuerpo, de miedo acurrucada.
Tal fue la pesadilla una horrorosa escena y horroroso relato. Porque, debes
saberlo, mi hijo, si triunfa, varón será admirable, y si reveses sufre, no debe
rendir cuentas. Si consigue salvarse proseguirá reinando sobre esta nuestra
tierra».
Suetonio, en la vida del
emperador Tiberio, da cuenta de que éste, exiliado en Rodas, presenció una
escena que auguraba su futuro, poco antes de que Augusto lo convocara a Roma
para nombrarlo sucesor:
«De hecho, pocos días antes de que Tiberio fuera llamado [a Roma], un águila, un ave que no se había visto antes en Rodas, se posó en el tejado de su casa».
Su condición premonitoria llegó mucho
más lejos: en El cantar de los Nibelungos
(c. 1200), la protagonista, Krimilda, sueña con dos águilas que atacan a un
halcón, una visión de lo que su familia hará más tarde con su amante Sigfrido.
Heinrich Schwemminger (1803-1884), Sueño de Krimilda. A través de la ventana pueden verse las águilas atacando al halcón
Los griegos pensaban que el
águila existió antes que Zeus porque fue ella la que le ofreció néctar para
saciar su sed, mientras que las palomas de Afrodita le alimentaban con
ambrosía. Las águilas de Zeus fueron las que encontraron el Ónfalos de Delfos (la piedra que señalaba el «ombligo» del mundo):
la leyenda cuenta que Zeus hizo volar dos águilas desde dos puntos opuestos del
Universo y se encontraron sobre la piedra, donde quedó fijado el centro de la
Tierra.
Pintor de Naucratis, Zeus y el águila, interior de una copa de
laconiana de figuras negras, c. 560 a. C., Louvre
La primera referencia al mito de
Prometeo es de Hesíodo. Castigado por haber robado el fuego a los dioses, cada
día un águila devoraba su hígado, que por la noche volvía a
crecer y se reanudaba la tortura indefinidamente.
«Un
águila de alas largas, que se alimentó de su hígado inmortal;
pero por la noche el hígado crecía de nuevo y reponía
todo lo que el ave de alas largas había devorado durante el día». (Hesíodo, Teogonía)
Pintor de Arquesilas, Prometeo y Atlas, kílix laconio de figuras negras, 560-550 a. C., Museos Vaticanos
Dada la importancia del hígado en
la adivinación (hepatomancia la
llamaban los griegos; aruspicina, los
romanos), su papel en el mito de Prometeo puede reflejar la existencia de un
secreto que Zeus quería conocer. ¿Prometeo fue inicialmente un águila
totémica? Filóstrato escribe sobre
Prometeo y su castigo:
«Los habitantes del Cáucaso están dominados por el mito del castigo de
Prometeo, que habría sido encadenado en esa región y condenado a que un águila
le comiera el hígado. Prometeo es allí un héroe local, por lo cual consideran
enemigas a las águilas y cuantos nidos hacen en las rocas ellos los queman, y
les arrojan dardos encendidos y les ponen lazos, y aseguran que así vengan a
Prometeo».
El poderío del águila está detrás
de la iconografía en que se le muestra capturando algún animal, generalmente
una liebre, pero también delfines o tortugas. Es muy habitual en la numismática
griega.
Istros, dracma tracia del siglo IV a. C. Cabezas masculinas enfrentadas
y águila marina captura un delfín con sus garras.
Elis, dracma acuñada hacia el 245-210 a. C. Águila con una liebre en
sus garras y rayo alado que simboliza a Zeus
Moneda del reino ptolemaico de Egipto, Ptolomeo VIII Evergetes ,
150-116 a. C.
El rapto de Ganimedes por el
águila de Zeus (o por el mismo Zeus transformado) ha sido un motivo que se ha
prestado a todo tipo de reinterpretaciones. Sirvió como prefiguración del
evangelista Juan, joven imberbe elevado por la contemplación espiritual. En el
Renacimiento, el neoplatonismo lo simboliza como el alma humana amada por el ser
supremo. El dibujo que hizo Miguel Ángel representa el furor amatorius neoplatónico, el sentimiento que el artista sentía
por Tomasso Cavalieri, que debió de ser de excepcional belleza física y de gran
inteligencia, un amor que lo absorbió el resto de su vida desde que lo conoció
en 1532 y que le inspiró numerosos poemas.
Miguel Ángel, copia del dibujo que hizo con el tema de Ganimedes, c. 1533, Museo de Harvard. Parece que el dibujo de Miguel Ángel fue inspirado por su encuentro con Cavalieri
El águila fue también el
estandarte de las legiones romanas. Plinio data la inauguración formal de esta
práctica en 104 a.C.:
«Cayo Mario, en su segundo consulado, adoptó el águila como símbolo especial de las legiones. Ya antes había sido su principal estandarte, junto con otros cuatro lobos, minotauros, caballos y jabalíes, llevados al frente de las respectivas filas. Pocos años antes ya se había convertido en costumbre llevar el águila sola a la batalla, dejando el resto en el campamento, pero Mario descartó esas otras por completo. A partir de entonces se observó que apenas se levantaba un solo campamento de invierno sin que hubiera una pareja de águilas en la zona.»
Detalle de la coraza del Augusto de Prima Porta. Siglo I d. C., Museos
Vaticanos. Parece representar a un bárbaro (un parto) devolviendo (a Marte
Ultor, seguramente) el estandarte perdido por Licinio Craso, derrotado en
Carras en el 53 a. C.
Siguiendo el Salmo 102 («Tu juventud se
renovará como la juventud del águila»), el Fisiólogo cuenta que esta ave, cuando su vuelo y su vista se
debilitan con la edad, vuela hacia el sol y luego se sumerge tres veces en un
manantial; con ello recupera la vista y la juventud. El Fisiólogo interpreta el
rejuvenecimiento a través de la inmersión como un símbolo del bautismo y del
renacimiento espiritual que éste produce. Los Padres de la Iglesia adoptaron
esta imagen, que se convirtió en propiedad común en la Edad Media y se
encuentra en muchos bestiarios.
Fisiólogo, Bayerische Staatsbibliothek, Clm 6908, folio 83r. El texto
explicatorio dice que cuando un águila envejece su vista se debilita, por lo
que vuela hacia el sol para aclararse los ojos. Luego, el águila se sumerge en
el agua y recupera su juventud.
Bestiario de Pierre de Beauvais, Bibliothèque de l'Arsenal, Ms-3516. El
águila se sumerge para recuperar la juventud
Hay representaciones del bautismo
de Cristo, acompañadas del águila y del ciervo (el ciervo que acude a la fuente
es un símbolo poético y del bautismo). En la Concordantia Caritatis (1345-1351) de Ulrich von Lilienfeld, bajo
el bautismo de Cristo se representan dos ciervos, uno de ellos con una serpiente
en la boca, y dos águilas, una sumergiéndose en un manantial y la otra volando
hacia el sol, con los versos:
«Cervus aquas sumit frigidas viresque resumit» («El ciervo recibe las frías aguas y se
recupera del veneno»)
«Sic aquilani senem fons mutat in iuvenem» («Así la fuente convierte la vejez de las
águilas en juventud»)
Ulrich de Lilienfeld, Concordantia caritatis , Manuscrito M.1045, folio
21v, c. 1460. Las viñetas inferiores representan los ciervos y las águilas
Joachim Camerarius, Symbola et emblemata, Núremberg, 1596. Emblema 16 «Vetustate relicta» (Vejez suprimida), Glasgow University Library
Misal de Stammheim, procedente del monasterio de san Miguel de
Hildesheim, segunda mitad del siglo XII: Ascensión de Cristo. Arriba a la
izquierda, Moisés observa cómo un águila emprende el vuelo («Como águila que revolotea sobre el
nido y anima a sus polluelos a volar, así el Señor extendió sus alas y,
tomándolos, los llevó a cuestas»,
Deut. 32:11). Getty Museum
Con más frecuencia que la
inmersión en el manantial se representa el vuelo del águila hacia el sol, que
suele simbolizar la ascensión de Cristo o el alma y sus aspiraciones, como en el Misal de Stammheim. En el Flabellum
(«abanico
litúrgico»)
de la Abadía de Kremsmünster (c. 1200), la Ascensión, en el cuadrante superior
derecho, está sobre las águilas.
Flabellum de la Abadía de Kremsmünster, c. 1200: Resurrección y Ascensión (en la mitad superior) con escenas simbólicas paralelas (a la izquierda, un león dando aliento a sus cachorros; a la derecha, las águilas)
Un motivo favorito es el del
águila llevando a su cría hacia el sol. Para interpretar esta escena se ha
recurrido acertadamente a la “prueba de
la cría”, que se remonta a Aristóteles y llegó a los bestiarios medievales
a través de los Padres de la Iglesia. Se basa en la idea de que el águila puede
mirar al sol sin quedar cegada; de sus crías, sólo alimenta a aquellas que
también pueden hacerlo y las demás son rechazadas. Se interpretó como la
separación del bien y del mal en el Juicio Final o como el papel mediador de
Cristo, que conduce a los hombres hacia Dios.
Águila llevando a su cría hacia el sol. Colonia, Catedral, sillería del
coro, c. 1325
Bestiario de Rochester, Biblioteca Británica, Royal MS 12 F XIII, folio
49r. El águila expulsa del nido a la cría que no puede mirar al sol
El carácter ascensional del
águila la hizo merecedora de ser el símbolo del evangelista Juan. Este
simbolismo a menudo ha encontrado expresión en diversas formulaciones, como en
este evangeliario parisino de 1379:
«Estos cuatro animales
simbolizan al Señor Cristo,
Es un hombre al nacer
y un becerro sagrado al morir,
Y un león
levantándose, y un águila alcanzando el cielo».
Apocalipsis de Bamberg, ilustración de un pasaje: «Miré: y oí un águila que volaba por mitad del cielo, y decía con gran voz: “¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra por los toques de trompeta que faltan, por los tres ángeles que están a punto de tocar!”». 1000-1020, Biblioteca Estatal de Bamberg
Refiriéndose al citado Salmo 102 (el de la renovación) y
siguiendo a Aristóteles, el Physiologus dice que cuando
el pico del águila crece demasiado y no puede comer, lo rompe y lo vuelve a
afilar en una piedra dura para poder volver a comer y seguir viviendo.
La roca salvadora sería Cristo, que libera al hombre de sus pecados en el
bautismo.
Bestiario de amor de Richard de Fournival, Biblioteca Nacional de Francia, fr. folio 264v. El águila afilando su pico en la roca
En miniaturas y capiteles a veces
encontramos la lucha del ave con la serpiente. Aunque suele interpretarse como
un águila, casi siempre es “el ave de Oriente”, como vimos en la entrada sobre
el pavo real. El águila luchando con el reptil es una iconografía de origen precristiano,
como puede verse en esculturas romanas, que vuelve a utilizarse desde el Renacimiento
en contextos profanos (como en el escudo de México).
Aristóteles decía que el águila y
la serpiente eran enemigos. En Antígona,
Sófocles usa la imagen de la lucha del águila y la serpiente para representar a
los oponentes en el combate, cuando Polinices ataca Tebas, cuyos ciudadanos
eran apodados «hijos de la serpiente» porque los primeros constructores de la
ciudad nacieron de la siembra de los dientes del reptil por Cadmo.
«Polinices, que se levantó contra nuestra patria llevado por dudosas
querellas, con agudísimo estruendo, como águila que se cierne sobre su víctima,
como por ala de blanca nieve cubierto por multitud de armas y cascos de crines
de caballos; por sobre los techos de nuestras casas volaba, abriendo sus
fauces, lanzas sedientas de sangre en torno a las siete puertas, bocas de la
ciudad, pero hoy se ha ido, antes de haber podido saciar en nuestra sangre sus
mandíbulas y antes de haber prendido pinosa madera ardiendo en las torres
corona de la muralla, tal fue el estrépito bélico que se extendió a sus
espaldas: difícil es la victoria cuando el adversario es la serpiente».
Alabastron corintio, s. VI, Museo de Heidelberg. Se ve una serpiente
acosada por dos águilas
Estátero de plata de Olimpia, C. 432-421, de la 87.ª Olimpiada. Museo de Bellas Artes de Boston. Águila y serpiente y rayo alado
Escultura de águila dominando a una serpiente, datada de los siglos I-II d. C, encontrada en Londres
Los cristianos adoptaron la
iconografía como símbolo de la victoria de Cristo contra las fuerzas del mal. También,
desde el Renacimiento, fue símbolo profano de combatividad y victoria; así lo
encontramos como motivo de muchos monarcas, incluso hasta el siglo XX.
Medalla de Cristián II de Dinamarca, Noruega y Suecia (1481 -1559) ofrecida
por un aliado extranjero, posiblemente Federico III, elector palatino. El
águila que combate a la serpiente lleva el lema «Dimicandum» (Combatiendo)
Medalla de bronce dorado, condecoración para los soldados alemanes que participaron en la campaña de China para sofocar el levantamiento de los bóxers, 1901. La iconografía se ha adaptado a la nueva circunstancia; puesto que se trataba de combatir a las milicias chinas, el águila domina al dragón chino
En 1818, Percy Shelley publicó un poema, La rebelión del Islam, donde mezcla dos
temas muy queridos por el romanticismo: orientalismo e idealismo frustrado. Sin
quererlo, resultará una premonición de la inmediata guerra de independencia de
Grecia, que se inició en 1821. Vuelve sobre la imagen de la lucha entre el
águila y la serpiente como el combate entre el despotismo y los ideales
elevados:
«Así
es este conflicto--cuando la humanidad lucha
con sus opresores en una lucha de sangre,
o cuando los pensamientos libres, como relámpagos, están vivos,
y en cada seno de la multitud
la justicia y la verdad con la hidra de la costumbre
libran una guerra silenciosa; cuando sacerdotes y reyes disimulan
en sonrisas o ceños fruncidos su feroz inquietud,
cuando alrededor de corazones puros se reúne una hueste de esperanzas,
la serpiente y el águila se encuentran, ¡los cimientos del mundo tiemblan!».
Broche con águila de las joyas de oro de Maguncia de la emperatriz Gisela, c. 1025, Museo del Estado de Maguncia
Es, con mucho, el ave heráldica
por excelencia. Podríamos considerarla un atributo monárquico, imagen del poder
omnímodo y solitario, aunque también fue adoptada por regímenes liberales. Es
la imagen central del anverso del «Gran
Sello»
de los Estados Unidos, el que se usa en los documentos oficiales desde 1782. Puede
que su asociación con el poder monárquico fuera la razón de que Benjamin
Franklin, un espíritu republicano, disintiera de que el águila calva (Haliaeetus leucocephalus) representara
los ideales de las virtudes de los ciudadanos de un nuevo país libre que había
luchado por su independencia contra la corona británica. Su hábito de robar el
alimento a otras aves no estaba a la altura de la dignidad de la nueva nación.
«Por mi parte, me gustaría que el águila calva no hubiera sido elegida
para representar a nuestro país; es un ave de mal carácter moral, no subsiste
de manera honesta […] Por lo tanto, no es de ninguna manera un emblema adecuado
para los valientes y honestos Cincinnati de América, que han expulsado a todos
los tiranos de nuestro país…».
Franklin prefería al pavo común, «un ave mucho más respetable, y además un
verdadero nativo original de América... Es, además, aunque un poco vanidoso y
tonto, un ave de coraje». Si creyéramos en las formas, no sabemos si un
país representado por un pavo, un ave para el sacrificio, se haría respetar de
la misma manera.
El ornitólogo Alexander Wilson,
en su «American Ornithology»
(1808-14), parecía coincidir con Franklin: critica a Buffon porque, en
su Historia Natural (1770-1783), aceptara
la tradición y llamara «noble» al águila y la considerara encarnación de la templanza (Buffon era muy dado a moralizar las características de los animales, dándoles un significado humano);
en cambio Wilson la veía como ladrona y carroñera.
Alexander Wilson, Águila calva en «American
Ornithology»
La cetrería, arte nobiliario por excelencia, apenas conoció en Europa la caza con águilas, que sí fue habitual entre los pueblos nómadas de las estepas
asiáticas. De hecho,
la cetrería es una práctica que llegó desde Oriente y ha sido, por su
naturaleza, incompatible con la idea de rapiña, que era a la caza lo que la
villanía a la nobleza. Un ave augusta para un arte de reyes, aunque sólo lo
sean de la estepa.
Halconeros kitanos en
una pintura de los siglos IX-X. Museo Nacional del Palacio, Taiwán. El jinete
que está de frente lleva un águila
Jinete mongol con su águila real



































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