UNA CLASIFICACIÓN
En la primera entrada de este blog recordábamos la predicación de san Francisco de Asís a las avecillas, aunque lo cierto es que los humanos hemos hecho de las aves más sujeto que objeto de consejos, convirtiéndolas en aviso de virtud o de vicio, en protagonistas de fábulas y apologías. Así, además de servir a la caza y al sustento, han vivido como un espejo del hombre en aquellos tiempos en que el mundo era parlante, cuando los pájaros, como todas las cosas, nos hablaban. Al fin y al cabo, el ser humano es un animal metafórico, que crea, maneja y vive dentro de sistemas simbólicos. Confrontada con la humana, la naturaleza de las aves era locuaz y penetrante, como si no existieran para sí, sino para advertirnos, enjauladas en nuestra propia mente.
Atendiendo a lo que hemos
conocido, podríamos elaborar una clasificación de las aves ajena a la taxonomía
ornitológica, componiendo un conjunto de tipos más o menos caprichoso. El Emporio
celestial de conocimientos benévolos es una enciclopedia china ficticia que Borges introduce en su ensayo El idioma analítico de John Wilkins (1942).
En esa supuesta obra hay una taxonomía alternativa a la científica que
clasifica a los animales en catorce tipos:
(a) pertenecientes al
Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f)
fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se
agitan como locos, (j) innumerables (k) dibujados con un pincel finísimo de
pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de
lejos parecen moscas.
Borges concluye que “...
notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y
conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo”.
No nos atreveremos con una tipología tan temeraria, pero el somero recorrido que hemos hecho por la historia cultural de las aves puede invitarnos a desafiar a Linneo, recordando que, como se definía Javier Krahe, este blog no es ni Borges ni bailable. Es más fácil atender a lo que los pájaros nos han dicho, o mejor, a lo que quisimos que nos dijeran porque, aunque a veces nos cueste aceptarlo, no viven para nosotros. Invocaremos viejos fantasmas para, más que catalogarlos, barajarlos a capricho.
Aves de Gran Bretaña (Concierto de pájaros cantores en dos árboles, observados por un búho), Escuela Flamenca, siglo XVII. Abadía de Anglesey, Cambridgeshire
Hemos visto pájaros de
familiaridad divina, elevados a los altares por simpatía, como la
paloma, que se las da de solemne por su familiaridad con los santos de piedra de las
fachadas y que carga con nuestros delirios de grandeza mientras esquiva gaviotas
asesinas. Otros muchos se han colado en las tablas devocionales, entre las que se nos permitirá elegir los que acompañan a la Virgen
del Rosal, de Martin Schongauer, que prescinde de la paloma y cuyos
pajaritos (pinzones, jilgueros, mosquiteros, carboneros, petirrojos) se
disimulan entre las flores mientras los protagonistas los miran de reojo.
Martin Schongauer, Virgen del rosal, 1473, Iglesia de los Dominicos, Colmar
Hay aves de tragedia,
como el cuervo de Poe, siempre dispuesto para la mala suerte, o el albatros de
Coleridge, signo de un destino fatal.
Algunos han sido favoritos
de la ciencia, como el dodo (aunque ya un poco tarde), paradigma del
perdedor.
Hay verdaderos pájaros ornamentales, como los cisnes o los pavos reales, perfectos tanto para tapizar palacios como para coronar testas.
Hay aves anunciadoras,
como el cuclillo o la alondra, portadores de mensajes que nunca se
contestan.
Los pájaros de vitrina
pasaron por el taller del taxidermista sin que el tratamiento de estética
mejorara su presencia, así el dodo, el alca gigante, el colibrí y tantos otros.
Por supuesto, pájaros de
museo, entre los que destacaremos los dos casos más excelsos: uno,
evasivo, el del canario que está en lo que no se ve: su intercambio de miradas y
música con la mujer; el otro, el sobresaliente jilguero que colorea la ventana
y nos mira desde su percha.
Jean-Baptiste-Siméon Chardin, La serinette, c. 1753, Frick Collection
Carel Fabritius,
El jilguero, 1754, Maurithuis, La haya
Las ha habido de humilde compañía doméstica, la alegría de cocinas y balcones: canarios y jilgueros...y más tarde, en los salones menos humildes, los loros y sus parientes.
Aves ayudantes y aves
enemigas: el alción o el ganso entre las primeras; la lechuza, el
arrendajo o la urraca, entre las que había que evitar.
John Gould, Martín pescador, Aves de Europa, 1832-1837
Aves consejeras, como la abubilla, cuyo mal olor recomendaría escuchar sus advertencias a cierta distancia; o las que hablan sin que se les pida opinión, como los loros, filósofos de tocador (con permiso de Sade).
Aves fatídicas, de las que no podía esperarse nada bueno, como el cuervo o las nocturnas.
Hubo aves meteorólogas, como la garza o el pico verde, que se conformaban con predecir el tiempo sin más dramas.
Por supuesto, modelos de aviador: águilas o halcones, pero, más que ninguna, albatros y vencejos, nativos del cielo y habitantes de esferas remotas. Y las golondrinas, de vuelo extravagante y travieso. Todas deslumbraron a Ícaro, cuya osadía no debe juzgarse con severidad.
Nuestros preferidos, los pájaros musicales. Cuando el ruiseñor o el mirlo aparecen, es mejor que formemos parte del silencio.
Aves nutricias, gallinas y gansos, de grasa reconfortante e hígado delicioso (que nos perdonen).
Las que parecen nacidas para el asombro de la vista: las aves del paraíso, los pavos reales, los flamencos o los faisanes.
Aves oraculares, de las que el carpintero es su exponente más clásico.
Aves psicopompas, conductoras de almas hacia no se sabe dónde, como la paloma o el cisne.
Algunas han sido salvadoras, como la grulla, o secuestradoras, como la lechuza.
John Gould, Grulla común, Aves de Gran Bretaña, 1873
Otras fueron sanadoras y mágicas, así el pelícano y la cigüeña.
Y aunque todo va en gustos, algunas han parecido contrahechas, como el dodo, el tucán y el cálao, aves sin estilo, opuestas al garbo longilíneo de grullas y garzas, las elegantes del aviario.
Como en la clasificación de Borges, las hemos visto amaestradas, ya en el canto (el estornino o el canario), ya en el salón, como el loro, aunque con un vocabulario no siempre presentable en sociedad. Y como él, hemos visto Sirenas, aves fabulosas (Harpías, Fénix...), e innumerables, presentadas en multitudes, como el estornino.
Y tantas dibujadas con finísimos pinceles (aunque no sean de camello) y hasta aquellas que parecen moscas, como el colibrí.
Y la más próxima, para cuyo privilegio crearemos la categoría de las Aves bohemias: el gorrión, señor de los canalones, disputador de los tejados, que debería seguir estando
entre los innumerables, pero cuyas pendencias, siempre a la greña por una miga, son cada vez menos presentes. Nos queda su ascenso a la gloria gracias a Lesbia, el más sencillo y entrañable placer que un pájaro puede dar a un humano.


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