MENSAJERA DE LA MAÑANA


 Un pájaro encumbrado, su cabeza crestada atravesada

por la orden de

no morir

sino subir

subir

cantar… 

(Ted Hughes, Alondras)

La alondra cantando al sol, Der Naturen Bloeme, folio 52r, Lippische Landesbibliothek, Detmold 

La alondra nos remite a todas las notas luminosas de la vida, el sol, la plenitud, la euforia; su suspensión en el aire predica la liberación, el vértice del gozo, la glorificación del día que cantaba Jorge Guillén, puede que pensando en ella:

“[…]Un pájaro sumió

su cantar en el viento

con tal adoración

que se sintió cantada

bajo el viento la flor

crecida entre las mieses

Más altas. Era yo,

Centro en aquel instante

De tanto alrededor,

Quien lo veía todo

Completo para un dios.

Dije: Todo, completo.

¡Las doce en el reloj!”

Su posición en el vértice del paisaje — en las doce del reloj del cielo — parece proclamar algo, como la paloma de la Anunciación. Hay algún asunto entre ella y el sol en el que media su música: “Su canción es la luz del sol traducida al sonido”, escribió William Henry Hudson (Birds and Man, 1915). Aunque puede recordarnos el cenit del tiempo, el motivo literario más visitado de la alondra es el despertar de la mañana.

En su momento, ya vimos que, musicalmente hablando, formaba con el ruiseñor un dúo insuperable y, a la vez, un complemento: el ruiseñor, nocturno, y la alondra, diurna, se repartían el tiempo de los amantes, el uno abrigando su encuentro en la noche y la otra anunciando su separación en la mañana, así en Romeo y Julieta, de Shakespeare, con trágicas consecuencias.

“Y ahora la alondra anunciadora

dejó su nido en el suelo, volando alto para divisar

la llegada de la mañana y saludarla con su canto.” (Milton).

Ese momento del fin de la noche, cuando las tinieblas desaparecen, tiene algo de nacimiento o de resurrección. No era un mero pájaro-despertador (Alexander Neckam, De naturis rerum, c. 1200, dice que reprende a los ociosos de su sueño, "Haec igitur avis desides arguit somnolentiae"), sino que se decía que cantaba a las puertas del cielo (un “ángel poderoso”, según William Blake), en alabanza a Dios. Eso derivó en la falsa etimología de su nombre latino, Alauda, que se asoció con laudare (“alabar”). Thomas de Cantimpré (De Natura Rerum, 1237-1240) da dos nombres a la alondra, alauda y calendris, que, en realidad son dos aves de a misma familia: la alondra (Alauda arvensis) y la calandria (Melanocorypha calandra), de morfología, distribución y hábitos similares. Atribuye también el nombre de la alondra a “lauda” ("alabanza"), por la maravillosa alegría de su vuelo y la dulzura de su voz, que al amanecer denota alegría. Dice que si el cielo está nublado o lluvioso casi nunca canta. Su ascenso al amanecer se lee como una exégesis: celebra la luz, cantando en alabanza a Dios. De hecho, la alondra enjaulada era un símbolo de sufrimiento.

Alondra enjaulada, Der Naturen Bloeme, folio 80v, Koninklijke Bibliotheek, Ámsterdam

“Su canto alegre, ligero, sin fatiga, sin coste, parece la alegría de un espíritu invisible que quisiera consolar a la tierra.” (Michelet, L’oiseau)

Pese a los esfuerzos de los comentaristas cristianos, Alauda es nombre de origen galo (“pájaro nacional de nuestra Galia, antigua e invencible esperanza”, lo llama Michelet, en un arranque patriótico). La Legio V Alaudae (conocida también como V Gallica) fue la primera legión romana integrada por soldados provinciales, no itálicos, creada por Julio César en el 52 a. C. con nativos de la Galia Transalpina y su apodo vino dado por las alas de sus cascos, que les hacían parecer alondras.

Liber de natura rerum, folio 88r, Bibliothèque Municipale de Valenciennes

Su canto es tan atractivo porque es una corriente, un flujo que llena todo como un aroma y el oyente parece estar en el centro de un círculo inabarcable.

“Su pequeña garganta trabaja con inspiración; cada pluma

en su garganta y su pecho y sus alas vibra con el efluvio divino.

Toda la Naturaleza la escucha en silencio, y el terrible Sol

se detiene sobre la montaña mirando a este pequeño pájaro

con ojos de suave humildad y asombro, amor y admiración.” (John Milton)

Es muy posible que el nombre de la tropa de Julio César se asociara al carácter ascendente y ambicioso de su vuelo, que no podía sino ser un anuncio de victoria. El ascenso de la alondra, su canto en pleno vuelo ha sido inspirador para escritores y músicos, incluso para el habla popular. Es un hallazgo extraordinario descubrir que, en inglés, entre los sustantivos colectivos, existe “an exaltation of larks” (“una exaltación de alondras”) para referirse a una bandada de estas aves. Una expresión afortunada.


Alondra cantando en su ascenso, Fotografía de Tim Collier (https://timcollierphotography.com/) 

En verdad, “el ascenso de la alondra” es el nombre que se da a su vuelo nupcial, un recorrido más o menos circular que puede llegar hasta cien metros de altura y dura hasta cinco minutos; es una expresión con connotaciones religiosas porque la unión de su vuelo ascendente y su canto parecían entonar “Gloria in excelsis Deo”. Sin embargo, pronto adquirió, con el Romanticismo, un tono de sublimidad poética. Shelley ve en ella el trasunto del alma alada del poeta, una imagen del poder ascensional de la poesía.

“… Más alto aún, y más alto,

Desde la tierra saltas,

Cual nube de fuego;

Profundo hiendes el azul,

Y aun cantando te remontas y remontándote no dejas de cantar.

… Ruido de vernales chaparrones

Sobre la titilante hierba,

Flores que la lluvia despertó,

Todo lo que jamás ha sido

Alegre, y claro, y fresco, tu música supera”.

(Shelley, To a skylark, 1820)

Florence Lundborg, portada de la revista literaria “The lark” (La alondra), noviembre de 1895

The Lark Ascending (“La alondra ascendiente”) es una obra breve de Ralph Vaughan Williams, inspirada en el poema homónimo de 1881 de George Meredith. Su versión definitiva, orquestal, es de 1921. Al comienzo de la partitura, Williams escribió unas líneas del poema de Meredith:

“Se levanta y comienza a girar,

suelta la cadena plateada del sonido,

de muchos eslabones sin interrupción,

en chirridos, silbidos, balbuceos y temblores.”

 

Hilary Hahn interpreta The Lark Ascending de Ralph Vaughan Williams en el George Enescu Festival

Ralph Vaughan Williams no hace sino seguir una larga tradición de piezas musicales inspiradas en la alondra. En 1528 se publicó en París una edición dedicada al músico Clément Janequin que incluía una canción titulada L’alouette (“La alondra”, la primera composición de Janequin), que era básicamente igual que otra publicada en Venecia en 1520, dos versiones de la misma pieza, por tanto, y los primeros ejemplos de canciones que imitan sonidos de aves. La obra es una pieza amorosa que, como es habitual, pone en contraste dos alternativas, en este caso representadas por la alondra y por el cuco, del que ya hemos visto su mala fama musical. La pieza también se titula por su primer verso: “Orsus, orsus vous dormez trop” e invita a la dama a matar a su cornudo marido “O si no, que sufra, /Cuando se ofrece a su mujer/Para besarla, /para acariciarla, /Para abrazarla, /Y para derramarse, /Que cada uno tenga su placer, /O si no, ¡que se vaya y muera!”.

“Levántate, levántate, duermes demasiado,

Mi linda damita,

Ha llegado la mañana, levántate,

Escucha la alondra.

Pequeña, ha llegado el día,

Como Dios manda.

Tra-la, tra-la, tra-la.

Matemos a ese cornudo celoso y mentiroso.

Tan amodorrado,

Tan triste,

Tan tiñoso,

Tan miserable,

tan torpe”

 

Clément Janequin : Le Chant de l'alouette (El canto de la alondra, 1520), Trio Musica Humana, concierto “Générations France Musique”, 24 noviembre de 2018

Otra versión, más apacible:

Or sus, vous dormes trop · New London Consort · Phillip Pickett

 

En Japón, la exhibición de la alondra tuvo una connotación de engreimiento. Utamaro la contrapone a las codornices, que pasan casi todo el tiempo en tierra y, claro, están muertas de envidia.

Kitagawa Utamaro, Una miríada de pájaros, 1791, MET. Muestra dos codornices y una alondra. El verso kyoka dice: “Engreída alondra/que vuela alto en el cielo;/incluso tú debes bajar a la tierra/cuando cae la noche”

 

La alondra ha sido muy cazada — y comida — desde la antigüedad. Estaba consagrada a Hefesto en la isla de Lemnos. En las aves, Aristófanes también la lleva a extremos cómicos cuando describe cómo los atenienses se vuelven ornitómanos de excitación y se convierten literalmente en ornitomorfos:

“Esopo dice que la alondra nació antes que todos los seres y que la misma Tierra; su padre murió de enfermedad, cuando la Tierra aún no existía; permaneció cinco días insepulto, hasta que la alondra, ingeniosa por la fuerza de la necesidad, enterró a su padre en su cabeza.”

Su abundancia se debía, curiosamente, a la acción humana porque fue consecuencia de la deforestación para extender los campos de cultivo (es un ave de llanuras y estepas). Si existió en tan gran número, también fue devorada por millones. La expresión medieval, francesa e inglesa, “las alondras caen a la boca ya asadas” (“Il attend que les alouettes lui tombent toutes rôties dans la bouche”) es un proverbio de abundancia, con la connotación negativa del que espera riqueza sin esfuerzo. Está documentado que, en 1832, en el mercado de París se vendieron 826.000 alondras; en Dieppe, en el otoño-invierno de 1868, 1.255.000. Hoy, aunque ya no es cazada masivamente, es una especie vulnerable como consecuencia de la extensión de los pesticidas, que diezman a los insectos, y de las nuevas variedades de granos, menos comestibles para ellas; ya en el siglo XIX se apreciaba su declive.

“En algunas provincias, la gente se queja, con razón, de la disminución del número de estos pequeños pájaros. Esta disminución se debe a la falta de supervisión ejercida sobre los niños, al aumento del número de casas de campo y de gatos.” (Lettres a Julie sur ornithologie, E. Mulsant, 1868)

Tradicionalmente se la cazaba atrayéndolas con un espejo, el “espejo de alondra”, conocido en francés como miroir à alouettes, que era una herramienta con un mecanismo de cuerda que hacía girar los espejuelos en los dos sentidos, aunque los más antiguos se movían, simplemente, tirando de un hilo. En 1690, un antiguo diccionario francés (Dictionnaire Français contenant les mots et les choses, de P. Richelet) se refería a estos espejos para capturar alondras y otros pájaros y los definía como:

Un trozo de madera tallado en forma de arco donde hay varias muescas donde se pegan pequeños espejos y que se sostiene con una clavija en medio de la cual hay un agujero para pasar una cuerda para hacer girar este espejo, que se clava en el suelo entre dos láminas para atrapar hortelanos y principalmente alondras.”


Arriba, “espejo para alondras” con el mecanismo para darle cuerda. Abajo, funcionamiento manual y dos muestras, un mecánico y otro manual

Ese espejo fue símbolo de placeres pecaminosos y de engañabobos. Ruskin, atacando a los que abandonaban el anglicanismo por el catolicismo. dice: “De todas las fatuidades, la más baja es verse atraído a la Iglesia Católica por su brillantez, como alondras a la trampa por un espejo roto”.

Joan Miró, El ala de la alondra, aureolada de azul dorado, se reúne con el corazón de la amapola que duerme en un prado tachonado de diamantes, 1967, colección privada

Su canto y su vuelo han sido enormemente inspiradores, aunque la pintura no ha dado tantos ejemplos como en la música o la poesía, quizás porque su vuelo ascendente y su impresión son difíciles de pasar a la imagen, salvo que se abstraiga, como en Miró. Un caso de gran repercusión fue el cuadro de Jules Breton, “El canto de la alondra”, en el que se representa el efecto fascinante que, al amanecer, tiene ese canto sobre una campesina que interrumpe su trabajo para maravillarse, como si esa música cayera sobre ella para bañarla al mismo tiempo que el sol naciente.

Jules Breton, le chant de l'alouette, 1884, Instituto de Arte de Chicago

Breton fue un pintor muy apreciado en su momento como pintor de la vida campesina, en la línea de Jean-François Millet (hay algo en esta obra que recuerda a El Ángelus). Fue, como Millet, muy admirado por van Gogh, aunque éste (que era un tanto rarito), cuando fue a visitarlo a su estudio, desistió de conocerlo cuando vio lo bien construida y pulida que tenía la casa que le servía de estudio…

El canto de la alondra se vendió enseguida y llegó a Chicago en 1885, y desde ese mismo momento se convirtió en una obra especialmente querida por el público. En 1915, la novelista Willa Cather tituló su famosa novela con el nombre de la pintura, utilizándola en la portada y en una escena clave en la que su protagonista, una aspirante a cantante, ve la pintura en el Art Institute de Chicago y siente un despertar artístico.

Portada de la primera edición de la novela de Willa Cather, 1915

En la Feria Mundial de Chicago de 1934, titulada El Siglo del Progreso, la primera dama de Estados Unidos, Eleanor Roosevelt, presentó El canto de la alondra como la ganadora de una encuesta del Chicago Daily News para nombrar “la obra de arte más querida en Estados Unidos". En 2014, Bill Murray reconoció que cuando era un joven actor que atravesaba un mal momento en Chicago, sin trabajo ni un futuro aparente, una visita fortuita al museo cambió su vida:

“Y entré y había un cuadro allí, y ni siquiera sé quién lo pintó, pero creo que se llama ‘El canto de la alondra’, y es una mujer trabajando en un campo, y hay un amanecer detrás, y siempre me ha gustado este cuadro, y lo vi ese día, y pensé, 'bueno, mira, ahí hay una chica que no tiene muchas perspectivas, pero el sol va a salir de todos modos y tiene otra oportunidad. Y creo que eso me hizo pensar, 'Yo también soy una persona y tengo otra oportunidad cada día que sale el sol'.”

 

 

 

Comentarios

  1. Anónimo3/4/25 22:30

    Qué entrada tan bonita, Alfonso. No conocía ni al pintor Breton ni su cuadro. Me ha encantado la reflexión de Bill Murray cuando lo vio por primera vez... Gracias. Ana.

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  2. Yo tampoco conocía el cuadro y es cierto que la reflexión que provocó en Murray es muy acertada. Cada día el sol sale y nos trae una nueva oportunidad. Podríamos decir que el canto de la alondra nos anuncia ese nuevo día, esa ocasión de mejorar lo que hicimos mal

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  3. Toda la primera parte es muy poética. La música refleja a la perfección el vuelo ascendente de la alondra. El cuadro de Bretón es precioso, no lo conocía y me ha gustado mucho, igual que la reflexión de Murray.

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