EN EL JARDÍN SIEMPREVERDE

«Ahora todo se tiñe con la frondosidad anual de la primavera,

ahora el árbol se engalana, ahora se escuchan

los nuevos reclamos de las aves y el canto nuevo

que el invierno silencioso había detenido».

(Estacio, Silvas, IV)

Detalle del fresco del jardín de la Villa de Livia, Museo Nacional Romano. La mayoría de las imágenes de esta entrada proceden de https://pompeiiinpictures.com/pompeiiinpictures/

«¿Qué han hecho los romanos por nosotros?». Esta frase resultará familiar para cualquiera que haya visto La vida de Brian y la enumeración que se hace a continuación le saldría a cualquiera de corrido: el acueducto, el alcantarillado, las carreteras, el riego, los baños…Sin embargo, los Monty Python se olvidaron de algo: los jardines pintados. De ellos, y pese a que la mayor parte de los frescos romanos se ha perdido, se conservan algunos ejemplos extraordinarios, destinados a hacer de la casa un verdadero locus amoenus, la ilusión del jardín entre los muros.

La vivienda romana (domus) vino a ser una adaptación de la casa rústica al espacio urbano: el tablinum, la estancia donde se administraba la hacienda, era el centro de la vida del propietario, situado entre el atrio (un patio central) y el huerto trasero; éste se convertirá en un jardín que, por influencia griega, es frecuente que presente un pórtico con columnas. Sin embargo, es evidente la diferencia con el mundo heleno: lo que en los griegos era un simple patio posterior destinado a iluminar y ventilar la casa, enlosado o con mosaico, en los romanos se hace jardín, recuerdo de su antigua función de cultivo. A veces, el mundo natural invade la vivienda, una intimidad que es el recuerdo de un pueblo originario de campesinos en combinación con el refinamiento de la opulencia.

Ya que nos ha acompañado durante tanto tiempo, es justo que dediquemos un espacio al fresco que encabeza todas las entradas del blog y, de paso, a otros similares que debemos a esos locos romanos. El fresco al que nos referimos está en la Casa del Brazalete de Oro, en Pompeya, la antigua ciudad donde han sobrevivido la mayoría de los frescos romanos que conocemos. Los muros del triclinio (comedor) de verano están cubiertos de frescos ilusionistas, datados entre 14-37 d.C. Como si la pared no existiera y no bastara con el jardín real, se nos ofrece una visión de otro, repleto de flores y pájaros. La identificación de cualquier ave es aproximada, teniendo en cuenta las limitaciones del estado de conservación y de la precisión de los artistas.

Uno de los frescos de la Casa del Brazalete de Oro, ahora en el Museo de Nápoles. Los pájaros representados parecen ser: 1, una golondrina; 2, tórtola rosigrís; 3, urraca: 4, gorrión o pinzón vulgar; 5, gorrión o escribano hortelano; 6, mirlo; 7, tórtola rosigrís; 8, paloma torcaz; 9, oropéndola; 10, paloma torcaz

Otro de los frescos de la misma casa. 1 y 2, zorzales; 3, una paloma doméstica; 4, tórtola europea; 5, chova piquirroja;6 y 7, muy inseguros; 8, alcaudón; 9, tórtola rosigrís; 10, oropéndola; 11, paloma doméstica; 12, posible zorzal; 13, tórtola rosigrís; 14, pavo real que ha perdido el color; 15, una silueta, quizás de mirlo; 16, podría ser otro pavo real, sólo se ve la silueta oscura



Otro de los frescos. 1, oropéndola; 2 y 3, palomas; 4, corneja cenicienta; 5, mirlo;6, paloma; 7, ¿gorrión?; 8, mirlo; 9, oropéndola o escribano cerillo; 10, garceta; 11, ruiseñor

Y otro más. 1, un grupo de palomas o tórtolas rosigrises; 2, probable paloma; 3, mirlo; 4, paloma doméstica; 5, tórtola rosigrís; 6, arrendajo; 7, oropéndola; 8, pinzón vulgar; 9, oropéndola; 10, calamón o gallineta egipcia; 11, perdiz roja

Detalle de la imagen anterior

El género de «pintura de jardín» nace en las últimas décadas del siglo I a. C. Su origen no es seguro, pero hay referencias de época alejandrina de decoraciones vegetales a escala real. Más remotamente, tenemos las pinturas murales egipcias, aunque éstas no presentan pájaros en libertad, sólo aves acuáticas en estanques. Hasta el mundo minoico no encontramos una representación animada y asimilable a nuestro sentido del placer por la naturaleza, como se ve en los frescos de Akrotiri, en Thera (Santorini), donde hay una simpatía evidente entre el paisaje ondulado, volcánico, y el vuelo de las golondrinas.

Un ejemplo egipcio: Jardín con estanque, tumba de Nebabaum, c. 1400 a.C., Museo Británico

Fresco de la primavera de Akrotiri (Santorini), siglo XVI a.C. (antes de la erupción volcánica de 1628 a.C.), Museo Arqueológico de Atenas. Representa un paisaje ondulado con lirios y golondrinas que coquetean caprichosamente en el aire. La plasmación de su vuelo alegre está muy conseguida

Detalle de la pared frontal, con tres golondrinas

 Los primeros ejemplos romanos se encuentran en espacios semiabiertos en conexión directa con el jardín. Introducen la naturaleza en la casa y transforman las paredes en amplias vistas de paisajes campestres. 

Por lo general, estas pinturas decoran habitaciones enteras, ocupan toda la pared o buena parte de ella, a veces sólo en el zócalo, como una barrera ficticia, decorada con un enrejado o un muro bajo, del que emergen arbustos y plantas en un orden aparentemente espontáneo. Estos jardines suelen estar animados con aves (a veces, insectos o pequeños mamíferos) y presentan objetos decorativos como fuentes, esculturas, hermas o máscaras, y en época augustea fueron habituales elementos de gusto egipcio, como esfinges, estatuas de Isis y animales como hipopótamos o cocodrilos. Los tonos de fondo de las pinturas pueden ser diferentes según la simbología y el lugar: azul y verde oscuro para el cielo; negro, especialmente en Pompeya y Herculano, para simbolizar la frescura sombreada del jardín; amarillo o rojo, en el último estilo pompeyano, y blanco si se relaciona con la esfera sacra o funeraria.

Larario de la Casa de Optatio, Pompeya, ya borrado. Este dibujo fue realizado en mayo de 1880, durante la excavación. En la pared del fondo se representa un jardín, con las clásicas aves volando o bebiendo de la fuente; en la lateral, el sentido funerario exigía un fondo blanco

Otra casa pompeyana, la llamada Casa de la Venus de la Concha, llamada así por su gran fresco central, ofrece un estilo similar. En la pared del peristilo que mira al jardín, a ambos lados de una Venus que flota sobre las aguas, hay dos paneles con jardines; el de la izquierda, en torno a una estatua de Marte; el de la derecha, rodeando una fuente, con el tema recurrente de los pájaros acudiendo a beber en ella.

Los frescos del peristilo de la Casa de la venus de la Concha

A un lado de Venus, el jardín en torno a la estatua de Marte. 1, oropéndola; 2, zorzal, dudoso; 3, pinzón; 4 y 5, zorzal; 6, garza gris; 7, garceta blanca

Al otro lado: 1, oropéndola; 2, arrendajo; 4, mirlo; 6, tórtola; 8 y 9, garzas

Dos pavos reales en lo alto de un muro

En el zócalo, siluetas de pájaros entre la vegetación. Estos zócalos con hierbas y algún pájaro entre ellos son muy frecuentes en las casas pompeyanas

La Casa de los cubículos florales (o Casa del huerto) se estaba reformando en el momento de la erupción, en el 79 d.C. El nombre lo recibió por el despliegue de vegetación en algunos de los cubicula (habitaciones), combinado con motivos egipcios, que entonces eran una imagen de sofisticación, aunque no es descartable que su dueño rindiera culto a Dioniso-Osiris (Dioniso aparece en otra habitación) o a Isis, un rito entonces en expansión. A diferencia de otras casas donde las pinturas de jardines se reservaban para las estancias menos íntimas, aquí se encuentran en las habitaciones. En total, son tres cubicula decorados con escenas de jardín entre cuyas plantas, bastante reconocibles, vuelan pájaros. En una sala, los frescos representan un jardín luminoso, imaginado durante el día en plena vegetación, con tal precisión que se pueden reconocer las especies vegetales. En la otra, un jardín inmerso en la oscuridad de la noche, con tres árboles de diferentes tamaños, incluyendo la gran higuera con la serpiente, presagio de prosperidad.

El llamado “cubículo negro” o "jardín de noche", con dos laureles que flanquean una higuera por la que trepa una serpiente, símbolo de fecundidad y renovación. Algunas siluetas de pájaros pueden verse entre los árboles. A la izquierda, en la pared perpendicular, parece tratarse de una paloma o una tórtola

Detalle de la higuera del “cubículo negro”, con un pájaro mirando fijamente a la serpiente

El jardín “de día”, con su zócalo vegetal y su cerca

Jardín de día: En esta pintura sólo son claramente reconocibles, de izquierda a derecha: la paloma, la urraca sobre la cartela y una corneja

1, dos pájaros que se examinan, quizás tordos; 2, corneja cenicienta; 3, muy dudoso; 4, parece una gaviota; 5, cernícalo; 6, zorzal

Detalle de la imagen anterior


En esta pared vemos: 1, garza; 2,¿ zorzal?; 3, urraca

Este detalle nos permite ver al mirlo, a la derecha, sobre un ánfora

La Casa de Menandro era de las más ricas en decoración, aunque ésta se centra más en temas mitológicos. Debía de estar vacía en el momento de la erupción (no hay objetos de uso cotidiano ni alimentos), aunque en ella se han encontrado numerosos cadáveres, probablemente saqueadores que trataban de aprovechar la confusión inicial para buscar algo de valor. No tiene jardines pintados, pero sí algunos pájaros que han entrado a picotear la fruta que los dueños parecen haber dejado para ellos.




Algunos de los pájaros que se invitaron a entrar en la Casa de Menandro

La Villa Poppaea, en Oplontis, otra ciudad al pie del Vesubio, también fue arrasada por la erupción. Fue propiedad de Nerón y de su segunda esposa, Popea. Pese a la destrucción, sabemos que tuvo hasta trece jardines y campos de frutales. Parte de todo ese despliegue lo trajeron al interior de la casa, aunque con una riqueza más cicatera que en otras de la región, porque los frescos presentan, sobre todo, arquitecturas imaginarias. En el viridarium (un jardincillo trasero) reprodujeron una pequeña muestra de lo que tenían alrededor.

De nuevo, el tema de la fuente con pájaros en sus bordes, en el muro del viridarium

Otro muro del viridarium con el típico tema de los pájaros en la fuente. En el borde hay dos palomas; el resto es confuso

Detalle del zócalo, con pájaritos revoloteando en torno a las plantas

Comedero o fuente cuadrada

Detalle: puede que se trate de una curruca o un papamoscas

Otro detalle

En algunas paredes se encuentran algunas aves dispersas, sin formar escenas completas: pájaros que parecen haberse invitado a entrar en la intimidad de la casa, como en la de Menandro.

Un pájaro picoteando higos en una repisa

Picoteando cerezas

Un posible petirrojo picoteando una zarzamora

Una paloma parece zurear sobre un dintel

Pavo real, junto a los faisanes, es una de las aves más representadas, a tono con la exuberancia de la arquitectura fingida


Casa de las Amazonas (o de las Musas), Pompeya. Pintura de  Francesco Morelli, durante las excavaciones de 1812, del fresco que había en el jardín, ya desaparecido. Museo Arqueológico de Nápoles. Incorporaba un larario con imágenes de deidades egipcias, Isis, Osiris y Harpócrates. Lo original es el paisaje marino, que sugiere una vista hacia el mar desde la casa. Los pájaros representados son: 1, 2, 4 y 7, oropéndolas; 3, 5 y 6, posibles zorzales; 8 y 9, palomas blancas; 10, garceta; 11, pavo real

Dejando las laderas del Vesubio, en la localidad de Prima Porta, cerca de Roma, se levantaba la villa construida hacia el 38 a.C. para Livia, la esposa de Augusto (puede que fuera parte de su dote o un regalo de su futuro marido). Según Plinio, la casa se llamaba Villa ad Gallinas Albas (“Villa de las gallinas blancas”) y explica lo siguiente:

«Cuando Livia Drusilla, que más tarde recibió el nombre de Augusta tras su matrimonio, fue prometida a César, mientras estaba sentada, un águila dejó caer en su regazo, desde el cielo, una gallina de notable blancura, sin hacerle daño; ella la miró con asombro, pero sin inmutarse, y se produjo un nuevo milagro: el águila llevaba en el pico una rama de laurel con sus bayas. Así que los augures ordenaron que se conservaran el pájaro y los pollos que produjera, y que la rama se plantara en el suelo y se custodiara con cuidado religioso. Esto se hizo en la mansión rural de los Césares, situada a orillas del río Tíber, a unas nueve millas de la calzada Flaminia; la casa se llama, por consiguiente, ad Gallinas, y el laurelero así iniciado ha prosperado de manera maravillosa».

Lo que nos ocupa de esta villa es el ninfeo subterráneo (o un triclinio de verano), una sala de 5,90 x 11,70, quizás destinada a buscar el frescor en los días más calurosos. Originariamente, los ninfeos eran grutas con agua dedicadas a las ninfas, pero después empezaron a construirse tratando de mantener elementos que sugirieran sus inicios naturales (aquí hubo estalactitas artificiales). Lo curioso es el contraste entre este lugar oculto y cerrado y la representación del jardín pintado en sus muros, con un detalle minucioso y una amplia variedad de especies de plantas y aves a tamaño natural. 

La pintura era una forma de involucrar al espectador hasta el punto de hacerle sentir como si realmente se encontrara frente a un jardín, a pesar de estar bajo el nivel del suelo. Una interpretación más simbólica aludiría a la prosperidad de la época imperial: todas las plantas representadas están en plena floración o fructificación al mismo tiempo, aunque lo hacen en diferentes épocas del año, quizás una referencia a la paz perpetua garantizada por Augusto o algún jardín mítico de la Edad de Oro, como el jardín de Alcínoo descrito en la Odisea (cantoVII):

«... En el exterior del patio hay un gran jardín de cuatro yugadas... Allí han crecido grandes y florecientes árboles: perales, granados, manzanos de espléndidas pomas, dulces higueras y verdes olivos. Los frutos de estos árboles no se pierden ni faltan, ni en invierno ni en verano: son perennes; y el Céfiro, soplando constantemente, a un tiempo mismo produce unos y madura otros. La pera envejece sobre la pera, la manzana sobre la manzana, la uva sobre la uva y el higo sobre el higo. Allí han plantado una viña muy fructífera y parte de sus uvas se secan al sol en un lugar abrigado y llano, a otras las vendimian, a otras las pisan, y están delante las verdes, que dejan caer la flor, y las que empiezan a negrear».

 El árbol más presente es el laurel, quizás una alusión a la leyenda de la fundación de la villa. Marchito, era un mal presagio para el emperador, pero un jardín de laureles, siempre verdes, debió tener un significado político protector, vinculado a la eternidad de la dinastía augustea. El uso de este tipo de paisaje, rico en árboles, flores y aves de todo tipo, puede relacionarse con las modas de la corte imperial (fuentes antiguas cuentan que Augusto poseía una urraca parlante, así como un cuervo y un loro) y, por lo tanto, con los mensajes simbólicos de prosperidad y bienestar transmitidos por el arte augusteo a favor del nuevo régimen.

Pintura de 1891 que representa uno de los muros de la Villa de Livia

Vista del ninfeo de la villa de Livia antes de su traslado al Museo Nacional Romano (palacio Massimo), en 1951

No había elementos arquitectónicos verticales (columnas o pilastras), pero algunos elementos horizontales organizaban la perspectiva, con la la ilusión de que la pared no existe. La empalizada en primer plano contrastaba con una balaustrada de mármol al fondo y entre estos dos elementos se desplegaba el jardín, con pájaros en vuelo y árboles abigarrados cargados de flores y frutos. La doble cerca pretendía sugerir profundidad, así como una singular sensación de perspectiva atmosférica (la primera de su tipo en la época), gracias a sutiles variaciones de color. Parte del jardín parece natural, pero otra denota trabajo humano, como el césped del primer plano. El fondo es difuso, con un cielo de un azul muy delicado. 

En Prima Porta, el jardín pintado tiene su correspondencia en los dos jardines reales del exterior, donde Livia recibió el presagio de las gallinas blancas y donde se colocó la famosa estatua de Augusto.

Vista actual en la sala del Museo Nacional Romano

1, oropéndola; 2, zorzal; lavandera blanca o mito

Entre el granado de la izquierda y el roble de la derecha vemos: 1, oropéndola o zarcero icterino; 2, mirlo; 3, zorzal; 4, paloma; 5, jaula con perdiz; 6, perdiz; 7, un pájaro diminuto, puede que un gorrión

1, sobre el membrillero, un zorzal; 2, 3 y 4, pajarillos difíciles de reconocer, quizás papamoscas, páridos o mosquiteros; 6, urraca; 7, dos palomas

En torno al pino, 1 2, zorzales; 3, mosquitero; 4, paloma; 5, garceta; 6, lavandera blanca (dudosa); 7, arrendajo


Vitruvio y Plinio describen pinturas —ejecutadas al mismo tiempo que esta villa — con algunas de las características generales de la época, refiriéndose incluso a la representación del motivo paisajístico como una novedad. Plinio, en concreto, recuerda cómo, en plena época de Augusto, un tal Ludius (o Studius, según la grafía de algunos manuscritos) había sido el primer artista en pintar panoramas y paisajes animados, inspirándose directamente en la realidad («ex veris rebus») y especializándose en el trabajo de topiario (jardinero ornamental).

«Tampoco debo olvidar a Studius, pintor de la época de Augusto, quien introdujo un delicioso estilo de decoración de paredes con representaciones de villas, puertos, jardines paisajísticos, arboledas sagradas, bosques, colinas, estanques, estrechos, arroyos y costas; en resumen, cualquier escena que le llamara la atención» (Historia natural, XXXV)

Entre los ejemplos de estos entornos ajardinados, caracterizados por su ubicación subterránea, la presencia de agua, la referencia a cuevas naturales en la estructura o la imitación de la roca en pintura y estuco, podemos mencionar en Roma el llamado «Auditorio de Mecenas», en lo que fueron los Jardines de Mecenas (Horti Maecenatis), amigo de Augusto, que se encontraban en el Esquilino y debían de estar en consonancia con el lujo de la mansión. Se decía que fueron los primeros jardines romanos en imitar a los persas. Este  — mal llamado   — «auditorio» era en realidad un ninfeo.

Una perspectiva del Auditorio de Mecenas

Tenía seis nichos a cada lado, así como cinco nichos más en el ábside sobre siete escalones semicirculares, originalmente revestidos de mármol, para formar algo parecido a una pequeña cavea (graderío, de ahí que al descubrirlo se le llamara, equivocadamente, «auditorio»). De la parte más alta de la cavea se vertía agua en la sala, razón por la que el edificio se ha identificado como un ninfeo. El conjunto se decoraba con pinturas de jardín en los nichos, creando un pequeño parque escondido.

Las pinturas, ahora conservadas sólo de forma muy fragmentaria, pueden imaginarse gracias a dibujos realizados en la excavación de 1874, ya que no hay documentación fotográfica de esa época. Cada nicho estaba decorado según un esquema básico: un árbol en el centro, situado tras un murete de mármol con un hueco central donde se encuentra una fuente o un jarrón. Los árboles circundantes, movidos por el viento, están poblados por un gran número de aves en vuelo y posadas. Los nichos son como ventanas de cristal con vistas a un jardín. Su relación con los frescos de la Villa de Livia es evidente.

Los escasos restos que quedan de las pinturas

Dibujo del siglo XIX  de uno de los frescos perdidos

La cualidad artificial del jardín, donde la naturaleza se encuentra con el arte, que la remodela, juega con la sorpresa del espectador, que acaba de entrar en un ambiente interior para encontrarse en medio de un exuberante jardín. De esta manera, la pintura transforma el espacio, desdibujando la distinción entre interior y exterior. A menudo, el jardín pintado se encontraba en el muro del pórtico que daba al jardín real y lo reflejaba. Así, la imagen pictórica representa lo que, cultivado, ya es una imitación de la naturaleza, y termina siendo una imitación de una imitación. El proceso va un paso más allá cuando la pintura incluye estatuas como las que había en los jardines reales. El efecto de espejo entre lo real y lo pintado convierte la habitación decorada en una verdadera pérgola. 

Aunque, por definición, el jardín es un lugar cerrado (hortus conclusus), estos ejemplos romanos lo convierten en un lugar abierto, con un sutil equilibrio en el paisaje entre lo natural y lo humano. Con frecuencia, las familias pudientes mantenían aviarios en sus jardines, otro juego entre el artificio y lo natural pues no renunciaban a representar aves en libertad en los frescos, cuyo canto era interpretado, como en el doblaje del cine, por las que estaban enjauladas. Los hacendados quizás imaginaban que el paisaje era también sonoro y cantaba para ellos.






































 












































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