EL PICAFLOR


«Una Resonancia de Esmeralda

Una Ráfaga de Carmín —

Y cada Flor en el Arbusto

Arregla su inclinada Cabeza —...»

(Emily Dickinson)

Trochilidae, por Ernst Haeckel, en Kunstformen der Natur, 1899-1904.

En la jungla, en los estrechos claros donde puede penetrar el sol, hay toda una irradiación y un rumor de fondo: raros insectos, escarabajos centelleantes, mariposas iridiscentes y, sobre todos, los colibríes, chiribitas del bosque, pedrería volátil que no parece conocer el descanso. Aunque no se alimentaran del néctar de las flores, estarían igualmente asociados a ellas porque son comparables: hablar de ellos es hablar de flores, en afinidad con las mariposas. De plumaje incandescente, sólo los loros compiten con ellos en brillantez y colorido, pero los colibríes han tenido una relación menos fácil con el hombre: demasiado pequeños para ser notorios, no hablan, no tienen reacciones emocionales análogas a las humanas, no se prestan a la compañía. Han tenido a su favor ser aves presentes en toda América, desde Alaska a la Tierra del Fuego, y a cualquier altitud.

«El ave más pequeña del mundo» en la Revista científica popular de Appleton, Nueva York, octubre de 1899

Panychlora Aliciae, en Historia natural de los colibríes que constituyen la familia de los Trochilidae, por Étienne Mulsant y Édouard Verreaux, 1877

Como es un ave americana, los europeos entraron en contacto con ella muy tarde y su pequeño tamaño no la hizo aprovechable, al menos en principio. El primer europeo en conocerla fue Jean de Léry, que en 1557 viajó a Brasil para poblar un asentamiento de calvinistas franceses (y fue también el primero en dar noticia del tucán). De ese viaje nació un diario, L'Histoire d'un voyage fait en la terre du Brésil, publicado en 1578. En él encontramos la que parece ser la primera descripción de estas aves. Tras hacerse eco de las maravillas cromáticas de los pájaros de esa tierra, especialmente de los loros, escribe:

«Pero por singular maravilla y obra maestra de pequeñez, no debemos omitir uno que los salvajes llaman Gonambuch, de plumaje blanquecino y brillante, que, aunque su cuerpo no es mayor que un avispón, o un ciervo volante, triunfa sin embargo en el canto».

Trochilus Pyra en Historia natural de los colibríes que constituyen la familia de los Trochilidae, por Étienne Mulsant y Édouard Verreaux, 1877

Estas primeras fundaciones tenían un fuerte tinte religioso, sobre todo para las minorías que eran reprimidas en Europa, como era el caso de los hugonotes (los calvinistas franceses). América parecía ofrecer la imagen de «Creación plena» que cumpliría con el Salmo 104 («¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! /Hiciste todas ellas con sabiduría;/la tierra está llena de tus beneficios. /He allí el grande y anchuroso mar, /en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes…»). Todo el asombro ante el esplendor de la creación estalla sobre todo en el capítulo que Léry dedica a las aves de Brasil y la misma generosidad por lo creado y la sabiduría que ese Salmo atribuye a Dios la admira el explorador en los pájaros que encuentra. De la misma forma, en su poema La Création (1625), Théodore Agrippa d'Aubigné, otro poeta hugonote, ve en el pájaro-mosca la «amplia virtud de Dios». El poeta ya conoce de ese pequeño ser, cuya noticia llegó a Francia antes que a cualquier otro lugar de Europa.

«En la isla Española, y no en otra parte, se ve

un pájaro más pequeño que el dedo meñique

de un niño de seis años: el cuerpo

muy bien formado, vestido de rojo plumaje.

Sea el ojo tan sutil que sepa discernir bien

el vestido que Dios le dio,

pincelado de colores tan brillantes y hermosos

que todo esmalte se le parece.

[…]

Su vestido es mucho más espléndido y precioso

que el del Rey, pues es de natura

y el del rey está fabricado.

El esmalte es tan brillante en su color

que no sólo el esmalte, sino también el oro bruñido

serían apagados si se los compara

al lustre maravilloso de este raro vestido».

 

John Gould, Colibrí Adelomyia de orejas negras (Adelomyia melanogenys)

El colibrí tiene muchos nombres, la mayoría relacionados con las peculiaridades de su alimentación o su forma de vuelo: en portugués, beija-flor (besa-flor); en francés, oiseau-mouche (pájaro-mosca); en inglés, hummingbird (pájaro zumbón), y así encontraríamos muchas variantes. En América tiene otros que se mueven en los mismos campos semánticos, como el zunzuncito cubano, por el zumbido de su vuelo. La palabra «colibrí» se usa también de forma más o menos general y suele atribuirse su origen al taíno, la lengua precolombina extendida por las Antillas. Lo cierto es que la palabra era completamente desconocida hasta que apareció en una obra francesa publicada en 1640, Relation de l'establissement des François en l'isle de la Martinique Relación del establecimiento de los franceses en la isla de Martinica»), del jesuita Jacques Bouton, donde se dice:

«Hay también en este país, como en Canadá, ciertos pequeños pajaritos de un plumaje muy hermoso que viven de las flores tan bien como las abejas: nosotros los llamamos colibry, es la palabra de los salvajes que significa pájaro y que nosotros hemos aplicado particularmente a éste».

La palabra no volverá a aparecer en francés hasta Buffon (Histoire naturelle des oiseaux, 1770-1783), y en inglés hasta una Historia de Jamaica de 1740.

Poco antes de la obra de Bouton, los franceses ya lo llamaban «oiseau-mouche» (Gabriel Sagard, Le grand Voyage du pays des Hurons,1632): «Primeramente comenzaré por el pájaro más bello, más raro y más pequeño, quizás del mundo, que es el Vicilin o pájaro-mosca, que los indios llaman en su lengua Resucitado. El cuerpo de este pájaro no es mayor que el de un grillo, su pico es largo y muy delgado, del grosor de la punta de una aguja, y sus muslos y patas son tan finos como una línea de escritura; una vez se pesó su nido con los pájaros, y se comprobó que no pesaba más de veinticuatro granos*, y se alimenta de las rosas y del perfume de las flores sin posarse en ellas, sino sólo revoloteando sobre ellas. Su plumaje es tan suelto como el plumón y resulta muy agradable y bello a la vista por la diversidad de sus colores».

*(El grano era una antigua medida para pesos muy pequeños, usada en joyería)

También se ha sugerido que el nombre sea de origen occitano, colubro («culebra»), por el carácter combativo del pájaro y su larga lengua, y que los franceses pudieron llevar la palabra a Martinica. Hay que reconocer que parece una etimología algo extraña, aunque lo cierto es que la palabra colibrí se encuentra por primera vez en un texto francés: ¿la tomaron los españoles de los franceses o a la inversa? ¿La tomaron ambos del taíno o de otra lengua mesoamericana?

El nombre que da Sagard, Vicilín, es el préstamo francés del náhuatl Huitztzilin. El nombre de la deidad mexica Huitzilopochtli, dios guerrero, significa literalmente «colibrí zurdo» o «izquierda del colibrí» y era la deidad más importante en el centro de México, donde estaba la ciudad de Huitzilopochco, que albergaba el templo principal del dios.

Huitzilopochtli en el llamado «Manuscrito Tovar», que se realizó alrededor del año 1585 y se atribuye al jesuita Juan de Tovar. Contiene información sobre los ritos y las ceremonias de los mexicas. Biblioteca John Carter Brown, Rhode Island. Representa a Huitzilopochtli, sosteniendo una serpiente de cascabel turquesa en una mano (la xiuhcoatl, su arma mística); lleva una máscara de colibrí con una corona de plumas de quetzal, que se identifica con los dos Moctezuma (el Viejo y el Joven)

Los mexicas usaban talismanes y fetiches hechos con colibríes como símbolo de vigor, y creían que los guerreros caídos se reencarnarían en este pájaro. 

Símbolo de la ciudad de Huitzilopochco (significa «lugar de Huitzilopochtli» porque allí estaba su templo principal). Códice Mendoza, encargado por Antonio de Mendoza, virrey de Nueva España, en 1541-1542. Biblioteca Bodleian, Oxford

Se cree que los Incas también pudieron tener al colibrí como un ave sagrada, una especie de mensajero divino. En realidad, es difícil distinguir la realidad de los cultos precolombinos de la multiplicidad de misticismos contemporáneos que han tratado de recrearlos.  En todo caso, hay un dibujo de las líneas de Nazca, en Perú, que parece representar un colibrí.

Línea de Nazca con forma de colibrí, de 96 metros de largo por 66 de ancho

El libro VI de la Historia Natural de Buffon dedica una amplia descripción de numerosas especies de «Oiseaux-mouche», a los que también llama «colibríes», pero no son descritos hasta que el zoólogo irlandés Nicholas Aylward Vigors bautiza a a familia como Trochilidae en 1825. Este nombre de Troquílidos viene del griego τροχῐ́λος (Trojílos), que se aplicaba al chorlito egipcio y, por extensión, a un ave muy pequeña (se cree que Aristóteles pudo aplicar el término al chochín, otro pájaro diminuto). Los Troquílidos son del orden de los Apodiformes ("sin patas"), al que pertenecen también los vencejos, que tampoco se posan en el suelo ni caminan.

Colibríes dibujados por François-Nicolas Martinet, Historia Natural de Buffon

Desde Buffon, el colibrí pasó a ser una de las aves más atrayentes para los ornitólogos y aficionados: Louis Marie Pantaleon Costa (1806-1864) poseyó una de las primeras grandes colecciones de esta ave y Jules Bourcier (1797-1873) fue el primer gran especialista en el colibrí hasta John Gould. La primera monografía fue la de René Primevère Lesson (Les trochilidées ou, Les colibris et les oiseaux-mouches, 1838), ilustrada por muchos artistas.

El colibrí granate, de la obra de René Primevère Lesson

El gran hito fue la obra de John Gould, que publicó su Monograph of the Trochilidae, or Family of Humming-Birds entre 1849-61, con un suplemento post mortem entre 1880-87. Las ilustraciones eran de Gould, H.C. Richter y William Hart. Tras la muerte de su mujer, la gran ilustradora Elizabeth Gould, en 1841, los colibríes se convirtieron en su gran obsesión, pero ella ya no estaba para dibujarlos.

Heliomaster longirostris, de Monografía de los Trochilidae, o familia de los colibríes, de John Gould

Paethornis longuemareus, de Monografía de los Trochilidae, o familia de los colibríes, de John Gould

L'Ignicolor et le Sénégali, Oiseaux Mouches, en Le Natterer et l'Oiseau-Mouche. Édouard Traviès - Les Oiseaux: Les plus remarquables par leurs formes et leurs Couleurs, 1857

Los primeros exploradores europeos, como Léry o Sagard, nunca habían visto nada parecido a esos pajarillos que zumbaban alrededor de sus cabezas. El resultado fue incorporar a los colibríes al mismo universo mental que las aves del paraíso: objetos de colección y decoración, y de esta forma su esplendor se convirtió en su maldición. A mediados del siglo XIX, los colibríes se convirtieron en una fiebre victoriana, disecados e incorporados a todo tipo de oropeles, sombreros y joyas. Su iridiscencia y su pequeño tamaño les hacía parecer hadas y que, como a ellas, nadie los contemplara vivos, aumentaba su misterio romántico.

Los victorianos estaban absolutamente deslumbrados por ellos. No sólo su estudio hizo que el número de especies conocidas proliferara a lo largo del siglo XIX (de 18 en 1758 a más de cien en 1829), sino que cada nuevo descubrimiento parecía brillar más que los anteriores. William Bullock, naturalista y joyero, escribía en 1824 sobre los colibríes:

«No hay, se puede afirmar con seguridad, en todas las variadas obras de la naturaleza en sus producciones zoológicas, ninguna familia que pueda compararse, por singularidad de forma, esplendor de color o número y variedad de especies, con esta, la más pequeña de las creaciones emplumadas».

Vitrina con colibríes del Museo de Historia Natural de Londres

Hasta el desarrollo de la fotografía, la ornitología dependía de la muerte y la taxidermia llevó a los dioramas. Los colibríes se exhibían en grupos visualmente atractivos como la imagen de arriba, que se cree que fue creada por Bullock a mediados del siglo XIX. El tamaño diminuto de los pájaros y su atractivo como bisutería aumentaron el entusiasmo y la facilidad para crear este tipo de escenarios teatrales.

Su gran despliegue tuvo lugar en la Exposición Universal de 1851 (entre el 1 de mayo y el 15 de octubre), en el Crystal Palace de Londres, donde se exhibieron más de trescientos ejemplares que deslumbraron a la multitud y, por supuesto, a la mismísima reina Victoria. Expusieron su obra trece taxidermistas británicos, algunos muy reputados, como James Gradner, de Oxford Street, que anunciaba «Aves extranjeras, incluidas colibríes y aves rapaces». El Illustrated London News reseñó su trabajo sin mucho entusiasmo: «El señor Gardner muestra un brillante ejemplo de colibríes. Todos… tienen el defecto de parecer más plumas que pájaros». En realidad, como ya hicimos notar en una ocasión anterior, es difícil no sentir antipatía por un ave disecada, que no es propiamente un ave, sino un despojo recompuesto.

Fotografía que muestra una colección de pieles y taxidermia reunida por Nicholay and Son, Oxford Street, Londres, y exhibida en la Gran Exposición de 1851

John Gould, que tenía su propio negocio de taxidermia, aprovechó el evento para exhibir sus colibríes y para ello tuvo la visión comercial de organizar una exposición en el Jardín Zoológico de Regents Park, a poca distancia del Crystal Palace, donde el acceso era gratuito. Construyó un pabellón de madera (“La casa del colibrí”) en el que dispuso veinticuatro vitrinas, como la que hemos visto más arriba, ambientadas con follaje y nidos para dar un aspecto más natural, y cobró seis peniques por entrada; atrajo a más de 75.000 visitantes y su beneficio final estuvo en torno a ochocientas libras (unas setenta mil actuales).

El 10 de junio, la reina Victoria y el príncipe Alberto visitaron la exposición de Gould. La reina comentó lo siguiente:

«Es la colección más hermosa y completa jamás vista, y es imposible imaginar algo tan hermoso como estos pequeños colibríes, su variedad y el extraordinario brillo de sus colores».

La mayor parte de esa colección fue vendida más tarde al Museo Británico. Lo curioso es que Gould, en ese momento, aún no había todavía visto un solo colibrí vivo y no tuvo ocasión de ello hasta su viaje a Estados Unidos en 1857. El punto culminante de la obsesión de Gould por los colibríes fue la captura de un colibrí garganta rubí (Archilochus colubris) vivo:

«Un Trochilus colubris capturado para mí por unos amigos en Washington, inmediatamente después, comió un alimento azucarado que le ofrecieron y en dos horas bombeó el líquido de una pequeña botella cada vez que se la ofrecí; y de esta manera vivió conmigo como un compañero constante durante varios días viajando en una pequeña bolsa de gasa delgada hinchada por un trozo delgado de hueso de ballena y suspendida de un botón de mi chaqueta. Sólo fue necesario que yo sacara la pequeña botella de mi bolsillo para inducirlo a meter su pico espinoso a través de la gasa, sacar su lengua alargada por el cuello de la botella y bombear el líquido hasta que se sació; luego se retiraba al fondo de su pequeña casa, acicalaba sus alas y plumas de la cola y parecía muy contento». (Introducción a los Trochilidae, 1861)

Henry Constantine Richter, Colibrí garganta de rubí (Trochilus colubris = Archilochus colubris) en «A monograph of the Trochilidae», de John Gould

Charles Dickens asistió a la exposición de Gould y escribió un detallado artículo titulado «Tresses of the Day Star» ("Mechones de la estrella del día") para su periódico semanal, Household Words.

«Pero con estas joyas emplumadas aún brillando en nuestra visión, no podemos llamarlas con un nombre menos delicado que uno de los encantadores términos indios que pertenecen a la poesía de sus asociaciones. Ellos permanecerán en nuestra memoria bajo los nombres por algunos de los cuales los antiguos mexicanos expresaban su amor de las criaturas vivientes. Serán para nosotros “rayos de sol”, “chupadores de rosas”, “chupadores de mirto”, “estrellas de los cerros”, “ermitaños”, “cometas”, “estrellas de la mañana”, “mechones de la estrella del día”. Cuando salimos del edificio en el que cientos de estas exquisitas cosas están agrupadas en vitrinas, nos esforzaremos por olvidar que su belleza no es del todo animada».

Dickens, además, refiriéndose a la ambientación, describe una escena tropical exuberante: «Cuelgan entre flores fucsias o flotan sobre macizos de bromelias... Lanzan sus largos picos hacia flores profundas y tubulares, flotando debajo de las campanillas colgantes».

Gould había colaborado dibujando para Darwin los pinzones de las Galápagos, que tan importantes fueron para argumentar sobre la evolución. El plumaje era para Darwin el ejemplo perfecto de selección sexual, prueba de la preferencia de las hembras de colibrí por esos rasgos masculinos. Gould, sin embargo, no podía aceptar que la exquisita belleza de los colibríes fuera utilitaria. El resultado fue que, cuando Darwin buscaba imágenes de colibríes para su libro de 1871 sobre la selección sexual (El origen del hombre y la selección en relación al sexo) ignoró a Gould y acudió en su lugar al ornitólogo alemán Alfred Brehm.

Alfred E. Brehm, Colibríes crestados, macho y hembra, 1891

El siguiente gran hito de la taxidermia fue la Exposición Universal de París de 1867, especialmente promovida por Napoleón III.

Portada del número del 26 de septiembre de la publicación oficial de la Exposición de 1867 donde puede verse una imagen de la exhibición de taxidermia. El grabado se basa en un dibujo de Jules Gaildrau

La publicación contiene un texto de Henri de la Blanchère:

«Encima de la jaula del león, los pájaros despliegan sus brillantes colores; vemos la pléyade de los más favorecidos; loros y periquitos australianos, aves del paraíso, el famoso gallo de roca con plumas de fuego, y luego, junto a estos espléndidos animales, la familia de los incomparables colibríes. No son más que joyas, brillos y reflejos; hay gargantas de fuego, violetas, esmeraldas y rubíes; las colas son bífidas, en forma de V o de flecha; hay picos de todas las formas y longitudes, puntiagudos, ganchudos, en forma de trompeta, más parecidos a la ventosa de una mariposa que al pico de un pájaro. No cabe duda de que la naturaleza ha sido muy pródiga en la creación de los insectos dípteros que llamamos moscas […] y también fue pródiga con los pajaritos a los que hemos dado el nombre de colibríes. Las especies son tan numerosas que cada año se descubren otras nuevas».

El portavoz del jurado, el naturalista Adolphe Focillon, escribirá:

«Finalmente, en las demás secciones de la Exposición Universal, sólo encontramos una colección zoológica digna de atención, la del señor Bourcier (República del Ecuador), compuesta por colibríes recogidos en un altiplano de Pichincha y que viven principalmente de la planta denominada en el país chuquiragua, y las colecciones de reptiles e insectos del Valle Menier (Nicaragua); pero sólo un catálogo explicativo escrito científicamente podría concederles todo su valor.»

El encuentro entre la creciente afición a la ornitología y el deslumbramiento por las maravillas de ultramar hizo proliferar los adornos aviarios en la moda victoriana. Las damas embellecían sus vestidos con cadáveres de escarabajos y plumas de colores; los sombreros se arreglaban a la moda con pájaros enteros disecados y suspendidos en medio de su follaje natural, mientras que los orfebres tendían a hacer uso de pájaros más pequeños para agregar los toques finales. Con la apertura de museos de historia natural, las revistas femeninas de moda y decoración animaban a despellejar aves para producir artículos de lujo.

Mampara de chimenea victoriana de madera dorada con colibríes disecados, fabricada para Henry Ward (1812-1878). Tercer cuarto del siglo XIX

 

Detalle de la mampara. Parece inspirarse en las ambientaciones que hizo John Gould en sus vitrinas de la exposición de 1851

Henry Ward fue el fundador de un linaje familiar que inició el auge de la taxidermia privada en la Inglaterra victoriana. Cuando era joven, Ward trabajó como taxidermista para Audubon, a quien acompañó en varias de sus expediciones. Probablemente se conocieron cuando este último visitó Inglaterra en 1831 y regresaron juntos a Estados Unidos.

Es difícil conocer las dimensiones exactas del comercio de colibríes, pero incluso los datos fragmentarios sugieren un comercio de muchos millones de aves. Sabemos de un comerciante londinense que importó 400.000 pieles de colibrí de las Antillas en un solo año. Después de la taxidermia, los sombreros femeninos fueron la segunda causa de la matanza. En la década de 1880 se informó de que un comerciante había manipulado dos millones de estas pequeñas aves para utilizarlas en sombrerería.

Pendientes de oro con cabezas engastadas de colibrí topacio rubí (Chrysolampis mosquitus), 1865

Broche victoriano realizado con oro y cabeza de colibrí disecada

Todavía existen grandes colecciones de colibríes en los museos. Tantos especímenes en un mismo lugar y al mismo tiempo puede engañar sobre la conservación de estas aves, pero casi todas las especies, incluyendo las de Gould, siguen existiendo hoy en día. Con ellas, los taxidermistas hacen composiciones usando lo que se llaman «ejemplares de rescate», encontrados ya muertos y donados.

El Laboratorio Moore de Zoología del Occidental College, Los Ángeles, incluye casi 7.000 ejemplares, entre ellos (de arriba a abajo): una sílfide de cola larga (Aglaiocercus kingie , Ecuador, 1928), un colirrojo cometa (Sappho sparganurus , Argentina, 1917) y una sílfide de cola violeta (Aglaiocercus coelestis , Ecuador, 1925). Foto de Allis Markham.

Los colibríes pueden crear una gran variedad de combinaciones de colores con los pigmentos de sus plumas, pero ningún ave posee pigmentos que produzcan el color azul, y por sí solos no pueden producir brillo metálico ni iridiscencia. Los colores de los colibríes, con sus efectos especiales, se producen mediante la interacción de la luz con la disposición de las barbillas de sus plumas, de cuyo giro sutil, al modo de las lamas de una persiana veneciana, dependen los picos de reflectancia que percibimos. Gran parte de ese efecto se pierde en los ejemplares disecados, que no llegan a expresar todos los matices de su acrobático espectáculo de luces.

En esta serie de imágenes del macho del Colibrí de Anna (Calypte anna), los colores de la corona y la gola se transforman y se intensifican a medida que el ave cambia la posición de la cabeza. Fotos de Steven Kessel en Cornell Lab Ornithology

La taxidermista Allis Markham hizo esta composición con flora tropical inspirándose en el artículo de Charles Dickens de 1851 que citamos más arriba. Es una obra para el Laboratorio de Zoología del Occidental College

 

Allis Markham trabaja en un colibrí rufo macho adulto (Selasphorus rufus) para mostrar al ave en vuelo. El ejemplar fue donado por el Museo de Biología del Suroeste de la Universidad de Nuevo México

Terminaremos con un toque elegiaco sobre el coprotagonista de esta historia. En diciembre de 1880, el pintor John Everett Millais y su hijo visitaron a un anciano John Gould, que ya vivía postrado. El hijo de J. E. Millais, John Guile, escribió sobre el encuentro en la biografía de su padre (La vida y las cartas de John Everett Millais, presidente de la Royal Academy, 1899):

«Fue en pleno invierno cuando mi padre y yo fuimos a visitarlo, tras una cita que habíamos concertado. Después de esperar impacientemente media hora en el frío vestíbulo, estábamos a punto de marcharnos cuando se abrió la puerta y nos hicieron pasar a su sala de estar. Era evidente que el anciano se había levantado para la ocasión».

El relato continúa con la imagen de Gould simulando estar trabajando en la ilustración de un colibrí, en la que va añadiendo detalles de una forma nada realista; pretendía que los visitantes creyeran que aún era capaz de dibujar. «Sin embargo», continúa el joven John Guile, «artista o no, era un naturalista devoto y bien informado, que a base de mucho trabajo duro se había ganado el puesto de líder en una profesión en la que sólo un entusiasta podía tener la esperanza de triunfar». Debe recordarse que Gould no era un verdadero ilustrador: su habilidad consistió en hacer bocetos a partir de las aves muertas que le llegaban para que luego los artistas los convirtieran en ilustraciones. La escena de esta visita le pareció a Millais un tema magnífico para pintarlo.

El anciano llamó a sus dos hijas para que le ayudaran a mostrar sus últimas adquisiciones. El cuadro lo muestra enseñando un pájaro disecado, un ave del paraíso, a un grupo de niños y a una mujer. La niña mayor, a la izquierda del cuadro, sostiene un quetzal y hay otros ejemplares dispersos por todas partes. La obra no refleja la realidad de la escena que tuvo lugar, sino que está enriquecida con varios personajes, entre los que sobran, sin duda, los niños más pequeños, sin los que la composición habría mejorado (probablemente, al pintor le pudo la pasión de abuelo por representar a sus nietos). John Ruskin dijo que era una de las «tres únicas cosas que valía la pena ver» en la exposición de la Royal Academy de 1885, aunque la familia de Gould no quiso el cuadro porque la habitación de un viejo enfermo le parecía un asunto deprimente.

El gran ornitólogo moriría dos meses después de aquella visita.

John Everett Millais, El ornitólogo o La pasión dominante, 1885, Galería de arte y Museo Kelvingrove, Glasgow

 





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