MIRAR Y CAMINAR


«De la misma manera que el pescador que viene al amanecer y revisa los cepos que puso durante la noche; o como el médico que viene a ver cómo va el enfermo; o como el niño plantado que mira a una persona mayor que está haciendo algo que el niño no ha visto nunca antes. Así hay que mirar a los pájaros, no con los sentidos divididos y el pensamiento distraído, sino con la atención reconcentrada y recapacitando, y de ser posible, con asombro».

(Søren Kierkegaard, «Los lirios del campo y las aves del cielo»)

Observando aves en Grecia: Peliké de la golondrina, 510-500. Los personajes sostienen un pequeño diálogo: «Mira, una golondrina». «Sí, por Heracles». «Allá va». «¡Ya es primavera!». Museo Estatal del Hermitage, San Petersburgo

Durante siglos, el conocimiento de las aves se basó en ejemplares enjaulados o disecados. Las ilustraciones de las obras de Gould, Audubon y otros, por más que magníficas, no pudieron tomar aves vivas como modelos y así, la captura y la caza fueron la fuente de la ornitología desde sus inicios en el siglo XVI (el propio Audubon fue un señalado cazador). El cambio se dio con los prismáticos y la fotografía, que coincidieron con el nacimiento de una mentalidad conservacionista.

No es ajena a esta corriente el afán de medida de la burguesía de negocios que, interesada por la naturaleza, le aplicaba sus métodos de trabajo y su espíritu de cuantificación.

«Resulta llamativa la afición a las estadísticas que tiene la mente americana. Basta pensar en el número de observadores meteorológicos y de otros fenómenos naturales. El Museo Smithsoniano es una verdadera institución nacional. Y cada tendero anota la llegada a su casita para pájaros de la primera golondrina purpúrea o del primer azulejo. Dod, el corredor de fincas, me contó la primavera pasada que sabía cuándo llegaba el primer azulejo a su casita porque siempre tomaba nota de ello. Y John Brown, comerciante, me ha dicho esta mañana que las golondrinas llegaron por primera vez a su casita el día 13, puesto que lo consignó en un memorándum». (H. D. Thoreau, Diario, 17 de abril de 1854)

El siglo XIX vio nacer la zootecnia, la popularización de las aves domésticas y otras dos iniciativas: la observación y la conservación. Desde el siglo XVII, la botánica y la entomología se habían convertido en actividades aceptables, incluso refinadas, para las mujeres acomodadas. Dibujar flores y mariposas parecía un pasatiempo a la medida de la sensibilidad femenina, tal y como se entendía entonces. A fines del siglo XIX, la observación de aves se sumó a ese abanico de labores recreativas que eran respetables. A diferencia de los ornitólogos masculinos, que generalmente realizaban estudios detallados de sus aves después de atraparlas o cazarlas, la mayoría de las mujeres solía limitarse a la observación.

Cabecera del primer número de la revista Field and Stream, 14 de agosto de 1873

George Bird Grinnell (1849–1938), que acudió a las clases con las que la viuda de Audubon, Lucy Bakewell Audubon, trataba de sostenerse, fundaría la Sociedad Audubon en 1886. Editor de una revista de caza, Forest and Stream, y buen aficionado él mismo, abogó por una práctica cinegética sostenible. El lema de la publicación era «Inculcar en hombres y mujeres un interés saludable por la recreación y el estudio al aire libre», y alentó a las mujeres a unirse a la Sociedad. Cuando ésta tuvo que cerrar por problemas económicos, fueron ellas las que consiguieron resucitarla en 1905 y su activismo consiguió la aprobación de leyes federales como la Ley Lacey, que prohibió el comercio de fauna silvestre capturada ilegalmente, y la Ley del Tratado Federal de Aves Migratorias de 1918.

El combate contra el uso de plumas en la moda parecía una brecha insalvable entre los ornitólogos y conservacionistas por un lado, y las revistas femeninas y sus editores por otro, que llamaban al consumo de sombreros ostentosos. La Sociedad Audubon ayudó a cerrar esa grieta incorporando a gran cantidad de mujeres activistas.


Una de esas entusiastas mujeres captadas por Grinnell fue Florence Augusta Merriam Bailey (1863-1948), la gran misionera de la observación y la conservación. Había empezado a publicar sobre aves en la revista de la Sociedad Audubon y, además, aprovechó su estancia como estudiante en el Smith College, una universidad femenina en Massachusetts, para convencer al resto de las alumnas de que dejaran de usar sombreros con plumas, que entonces estaban en auge (en aquel momento, se empezaron a considerar como los grandes enemigos de las aves a los cazadores, los niños y las mujeres). Logró que gran parte de ellas se comprometieran a colaborar con la Sociedad Audubon. Su siguiente logro fue publicar un libro sobre sus observaciones.

 

 

Martín gigante norteamericano (Megaceryle alcyon) . Ilustración de Pájaros a través de unos prismáticos (1889), de Florence Augusta Merriam Bailey

En la introducción a su libro Birds through an Opera Glass ("Los pájaros a través de unos prismáticos"), de 1889, Bailey escribió: «El estudiante que va al campo armado con prismáticos y una cámara no sólo añadirá más a nuestro conocimiento que el que va armado con una pistola, sino que ganará para sí mismo un fondo de entusiasmo y un almacenamiento duradero de recuerdos agradables». Propuso los pasos más sencillos que debían darse para convertirse en un buen observador, comenzando por anotar las aves más comunes alrededor de la casa, luego escuchando sus cantos y finalmente haciendo de esta observación una parte de la rutina diaria.

Arrendajo azul (Cyanocitta cristata) y petirrojo americano (Turdus migratorius), Ilustración de Pájaros a través de unos prismáticos (1889)

Este libro se publicó con su propio nombre, algo no tan usual para las mujeres de la época. Su vena independiente y su deseo de un mayor reconocimiento público y respeto por los esfuerzos de las mujeres se reflejan en sus comentarios sobre el dimorfismo sexual:

«Al igual que otras damas, las pequeñas novias emplumadas tienen que llevar los nombres de sus maridos, por inapropiados que sean. ¡Qué injusticia! Aquí, una inocente criatura de espalda verde oliva y pecho amarillento tiene que pasar todos sus días siendo conocida como la curruca azul de garganta negra, ¡sólo porque resulta que así se describe el vestido de su cónyuge!».

Curruca azul de garganta negra (Setophaga caerulescens). A la izquierda, macho y a la derecha, hembra. Es un ave de América del Norte

Las descripciones de aves de Bailey, acompañadas de algunas ilustraciones, no son lo que hoy esperamos de una guía de aves: no sólo hay datos ornitológicos, sino también referencias a la literatura (Thoreau) o a las observaciones de Audubon y el texto está escrito en primera persona y con un cierto espíritu romántico:

«Tírate al suelo entre los ranúnculos y las margaritas un día de verano sin nubes y mira hacia el cielo hasta que su maravilloso azul te estremezca como un éxtasis. Luego recupera el aliento y escucha mientras del aire surge una nota clara y fluida de éxtasis. ¡Ah!, ahí está el pequeño jilguero, un trocito del oro del sol (*), paseando por el aire, subiendo y bajando al ritmo de su propio dee-ree dee-ee-ree».

(*El jilguero americano o jilguero yanqui, Spinus tristis, es amarillo)

Fotografía de Florence Augusta Merriam Bailey, Colección Vernon Bailey, American Heritage Center, Universidad de Wyoming

Hoy, leer Birds through an Opera Glass puede parecer una lectura poco científica, pero está animada de un profundo sentido del ambiente, que desarrolló a través de sus caminatas campestres. Publicaría algunos libros más, incluidas colaboraciones con su esposo, el naturalista Vernon Bailey, y finalmente sería elegida en 1929 como la primera mujer miembro de la Unión Estadounidense de Ornitólogos. Desde luego, no era lo que llaman en Estados Unidos una tender foot («pie tierno», es decir, bisoña), sino una auténtica pionera que supo convertir sus viajes por el Oeste en observaciones atinadas e interesantes. En 1908, una subespecie de carbonero de montaña de California fue nombrada Parus gambeli baileyae en su honor.

Carbonero de montaña o cejiblanco (Poecile gambeli baileyae), bautizado en honor de Bailey. Lago Spooner, Tahoe, California

Aunque tomó una de las primeras fotografías registradas de aves silvestres, el alemán Ottomar Anschütz (1846 -1907) no fue un interesado en las aves, sino en la cronofotografía. Esta secuencia obedece a su interés por el estudio de las fases del movimiento.

Ottomar Anschütz, Vuelo de cigüeñas, 1884, MOMA

Un caso muy distinto es el de Herbert K. Job (1864-1933), que se formó como pastor protestante, y enseñó ornitología en la escuela de agricultura estatal de Connecticut entre 1908 y 1924. Conservacionista entusiasta, trabajó para la Sociedad Audubon y fue Director de Conservación de Carolina del Sur. Su amistad con el presidente Theodor Roosevelt contribuyó a que éste estableciera el Refugio Nacional de Vida Silvestre de Cayo Hueso (Florida). La Biblioteca del Congreso conserva alguna película que Job filmó de la presencia de Roosevelt en Luisiana, en 1915. Este presidente fue el gran impulsor del conservacionismo en Estados Unidos: promulgó la creación de cinco Parques Nacionales y cincuenta y una reservas de aves, además de crear el Servicio Forestal.

Una corta película de T. Roosevelt observando aves en Louisiana

Algunas de las diapositivas de Herbert. K. Job están entre las primeras imágenes fotográficas cuyo objetivo son las aves en sí mismas.

Herbert Keightley Job, Nido de vireo de cabeza azul, mayo de 1913, Enfield, Connecticut, Biblioteca Watkinson del Trinity College (Hartford, Connecticut)

Charrán ártico incubando, Matinicus, Maine, julio 1906. Biblioteca Watkinson del Trinity College (Hartford, Connecticut)

Nido de aguiluchos laguneros [aguiluchos norteños], condado de Nelson, Dakota del Norte 3 de junio de 1901. Biblioteca Watkinson del Trinity College (Hartford, Connecticut)

Nido de garza nocturna coroninegra, Barnstable, Massachusetts, mayo de 1905. Biblioteca Watkinson del Trinity College (Hartford, Connecticut)

 

Vencejo juvenil, Kent, Connecticut, Julio de 1906. Biblioteca Watkinson del Trinity College (Hartford, Connecticut)

Ejemplar joven de cárabo norteamericano o búho listado, North Middleboro, Massachusetts, sin fecha, Biblioteca Watkinson del Trinity College (Hartford, Connecticut)

Gavilán de alas anchas incubando, Kent, Connecticut, mayo de 1906. Biblioteca Watkinson del Trinity College (Hartford, Connecticut)

Los hermanos británicos Richard (1862-1928) y Cherry Kearton (1871-1940) también estuvieron entre los primeros fotógrafos de vida salvaje. Desarrollaron métodos innovadores y publicaron en 1895 el primer libro de historia natural ilustrado íntegramente con fotografías de la naturaleza, With nature and a camera; being the adventures and observations of a field naturalist and an animal photographer («Con la naturaleza y una cámara; siendo las aventuras y observaciones de un naturalista de campo y un fotógrafo de animales»).

Los hermanos Kearton fotografiando un nido, 1900, Museo Nacional de Medios de Comunicación del Reino Unido

Una página de «With nature and a camera…», de Richard y Cherry Kearton. Muestra un nido de mirlos

Otra página de «With nature and a camera…», de Richard y Cherry Kearton. Muestra un nido de golondrinas

Cherry Kearton contribuyó con sus fotografías a diecisiete de los libros de su hermano, y escribió e ilustró otros diecisiete títulos propios. Hizo la primera grabación fonográfica de pájaros en libertad (un ruiseñor y un zorzal común), en 1900. Además de las aves, tuvo otros campos de acción: tomó la primera película de Londres desde el aire, en 1908, y las primeras imágenes de la Primera Guerra Mundial, en Amberes, en 1914.

Curruca rabilarga y su polluelo en la mano de Richard Kearton

Cherry Kearton buscando la mejor toma de unas aves marinas

Cherry Kearton escondido para conseguir fotografiar un nido

El libro de R. Kearton sobre huevos y nidos y su coleccionismo. Coleccionar huevos, como vimos en el caso del alca gigante, era una competición por los más raros, lo que suponía una amenaza para las aves 

La tarde del 15 de diciembre de 1913, Lillian Herlein, cantante de vodevil, bajaba del escenario del Teatro Orpheum de Portland resplandeciendo con un espectacular  sombrero que tenía cuarenta y seis plumas de garza. La esperaba un guardia forestal, que se apresuró a confiscarle el sombrero. William Lovell Finley, miembro de la Comisión Estatal de Caza de Oregón, había recibido un chivatazo de otra mujer a la que también habían quitado su sombrero, y decidió despachar al guardia para hacer cumplir la ley que prohibía los tocados de plumas. Aunque la cantante se puso frenética en defensa de su tocado, Finley fue inflexible y la prensa del día siguiente lo apoyó sin reservas.

El comisionado en cuestión, William Lovell Finley (1876-1953), fue un fotógrafo de vida silvestre y conservacionista estadounidense. En 1907, Finley publicó American Birds, ilustrado por Herman T. Bohlman y él mismo.



Seis ejemplares juveniles de Martín pescador gigante norteamericano (Megaceryle alcyon), del libro «American Birds», de Finley, con fotografías de Finley y Bohlman. Entre 1900-1909

 

Colibrí al borde del nido a punto de empollar, del libro «American Birds», de Finley, con fotografías de Finley y Bohlman

 

Fotografiando el nido de los pájaros carpinteros, del libro «American Birds», de Finley, con fotografías de Finley y Bohlman

  

Juveniles de chochín, ante la expectativa de comida, del libro «American Birds», de Finley, con fotografías de Finley y Bohlman

El observador por excelencia a fuer de caminante incansable fue, sin duda, Henry David Thoreau (1817-1862). En sus paseos no hubo armas, ni cámaras, apenas unos bocetos simples. ¿Qué nos dejó? Sus escritos, sus diarios, sus observaciones. No necesitó una escopeta para contemplar sus bosques y, sin duda, su lección la dejó bien aclarada su amigo, el poeta Ralph Waldo Emerson:

«Vio como un microscopio, oyó como una trompetilla y su memoria fue un registro fotográfico de todo lo que vio y oyó».

Mapa del «universo» de Thoreau, por Herbert W. Gleason, 1906

Pasó casi toda su vida en la comarca donde nació, en torno a Concord, Massachusetts. Allí experimentó una vida eremítica, construyendo una cabaña en un lugar llamado Walden Pond, aunque no muy lejos del pueblo (menos de cuatro kilómetros). Ese fue el centro de su vida, de la que quiso sacar la médula a través del contacto directo con el bosque. En 1854 publicó Walden, o la vida en los bosques, en parte memoria y en parte búsqueda espiritual, el resultado de los dos años, dos meses y dos días que había pasado en la cabaña. El libro comprime ese tiempo en un año de calendario, simbolizando el desarrollo humano por el paso de las cuatro estaciones.

Página de título de la primera edición de Walden, 1854

Thoreau fue el paradigma del flaneur de la naturaleza, el andarín infatigable que consideraba su tiempo perdido si no recorría los campos al menos cuatro o cinco horas cada día, fiando su atención a la memoria y a lo que ésta quisiera filtrar.

«Con frecuencia caminaba ocho o diez millas a través de la nieve más profunda para cumplir una cita con un haya, un abedul amarillo o un viejo conocido entre los pinos».

 Hoy, cuando la observación de aves es casi un concurso fotográfico, su actitud directa parece difícil de comprender. Podríamos situarlo entre dos momentos de la ornitología, el del cazador y el del fotógrafo, un periodo y una actitud fugaces.

«¿No resultaría muy útil tener un catalejo con el que observar a las aves más tímidas, como las ánades y las rapaces? En muchos aspectos, sería mucho mejor que tener una escopeta. Con ella uno puede observar las aves de cerca, pero muertas, en tanto que con el catalejo uno las tiene vivas». (Diario, 29 de marzo de 1853)

Dibujo de la cabeza de un vireo, 28 de mayo de 1860

Fabricante de lápices, albañil, granjero, experto piragüista, Thoreau encarnaba lo que se llamaba «Yankee ingenuity», el ingenio yankee, la inventiva del pionero que debe aplicarse a diversas tareas nacidas de la necesidad de la vida en la frontera y con los escasos medios de que disponía. Se tomaba en serio su idea de considerar a los animales de su entorno como compañeros («fellow creatures»), como vecinos para los que él mismo no existía. Es constante su sensación de que se halla entre amigos.

«Me encontré de repente vecino de los pájaros; no por haber enjaulado a uno, sino por haberme enjaulado junto a ellos».

Dibujo de Thoreau representando una bandada de patos, 28 de marzo de 1859

Sus dibujos, o más bien una actitud que podríamos calificar de comunión «zen» con la naturaleza, dieron un salto hacia adelante para encontrarse con John Cage (1912-1992), un músico y artista conceptual que daba una importancia primordial al entorno. Cage reemplazó la notación musical convencional por pequeños dibujos de elementos naturales (semillas, huellas de animales y nidos) extraídos del diario de Thoreau, que seleccionó y secuenció al azar con la ayuda del I Ching, un antiguo texto adivinatorio chino. Los pequeños dibujos a tinta de elementos naturales que aparecían en los diarios, su posición, su orientación, su escala y su color se dejaron al azar, un elemento esencial en la obra del músico. Realizó, además, algunos grabados a partir de los diarios de Thoreau.

Partitura sin partes (40 dibujos de Thoreau): Doce haikus, 1978, Museo de Arte de la Universidad de Princeton

17 dibujos según Thoreau, National Gallery of Art, Washington D.C.

John Cage, 30 dibujos de Thoreau, Serigrafía sobre papel japonés, 1974 

Thoreau lo anotaba todo: migraciones, anidamientos, emparejamientos, accidentes, luchas, hábitos de cría, comportamiento territorial, cantos y llamadas y todo lo consideraba como un todo, en un claro precedente de una mentalidad ecológica.

«Lo mismo que retiene al gavilán en los bosques, lejos de las ciudades, me retiene aquí. Que el pájaro se pose con confianza en lo alto del pino y no sobre vuestra veleta. Que el pájaro no sea vuestra ave de corral, que no ponga huevos para ti, que esconda siempre su nido. Aunque con voluntad salvaje, no es obstinado en su salvajismo. El hombre antipático concibe el salvajismo de algunos animales, su falta de familiaridad hacia él, como un pecado; como si toda su virtud consistiera en su domesticidad. Tiene siempre una bala en su arma lista para su exterminio. Lo que llamamos vida salvaje es una civilización distinta a la nuestra».

Una página del diario de Thoreau

Fue calificado de «Diógenes en su barril» (Robert Lowell), de «merodeador» (R. L. Stevenson), de santurrón, de impostor, de ingenuo… Profeta de la naturaleza, su ministerio terminó en fracaso, quizás por su misantropía y su romanticismo, pero no fue sólo el narrador antimoderno de Walden, el inconformista acérrimo, el salvaje, el rebelde ante las instituciones: en sus observaciones fue un hombre amable, admirativo, atento a las formas de vida que eran ajenas a la sociedad porque para ésta no tenían valor económico ni eran dignas de interés, un contemplador agudo y delicado, un buen compañero para los pájaros que visitaban su cabaña.

Cita de Thoreau cerca del sitio donde estuvo su cabaña, Walden Pond. Dice: «Me fui al bosque porque quería vivir deliberadamente, afrontar sólo los hechos esenciales de la vida. Y ver si podía aprender lo que ésta tenía que enseñarme, y no, cuando llegara la hora de morir, descubrir que no había vivido»

 

 

 

 

 

 

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